Por: Martín Caparrós | 08 de agosto de 2012
Madaua, Níger
–Bueno, todos los que puedo, sí. A veces no tenemos.
Me dijo y bajó los ojos con vergüenza y yo me sentí como un felpudo, y seguimos hablando de sus alimentos y la falta de ellos y yo, tilingo de mí, me enfrentaba por primera vez a la forma más extrema del hambre y al cabo de un par de horas de sorpresas le pregunté –por primera vez, esa pregunta que después haría tanto– que si pudiera pedir lo que quisiera, cualquier cosa, a una especie de mago capaz de dársela, qué le pediría. Aisha tardó un rato, como quien se enfrenta a algo nuevo.
–Quiero una vaca que me dé mucha leche, entonces si vendo un poco de leche puedo comprar las cosas para hacer buñuelos para venderlos en el mercado y con eso más o menos me las arreglaría.
-Pero lo que te digo es que el mago te puede dar cualquier cosa, lo que le pidas.
-¿Todo lo que le pida?
-Sí, lo que le pidas.
-¿Dos vacas?
Dice, tímida, y trata de explicarme:
-Con dos sí que nunca más voy a tener hambre.
Era tan poco, pensé primero.
El Sahel es una franja de más de cinco mil kilómetros de largo –y unos mil de ancho– que atraviesa el África desde el Atlántico hasta el mar Rojo, justo debajo del Sahara. De hecho, Sahel significa orilla –del Sahara. Es una zona árida, medio desierta, chata donde prosperaron algunos de los reinos más poderosos de África: el Imperio Mandingo –o Imperio de Mali–, por ejemplo, en el siglo XIV, cuando los señores de Tombuctú construyeron una de las mayores ciudades de su tiempo gracias al comercio: sal que traían del norte contra esclavos que traían del sur. Ahora cubre parte de Senegal, Mauritania, Argelia, Burkina Faso, Mali, Níger, Chad, Sudán, Etiopía, Somalía y Eritrea. Son más de cinco millones de kilómetros cuadrados, cincuenta millones de personas, ganado flaco, cultivos sufridos, poca industria, poca infraestructura; cada vez más minerales explotables.
Hussena dice que le parece que debería dejar de tener hijos.
–Ya tuve muchos. Y cada vez me cuesta más. Con la edad…
Hussena está en el hospital de Madaua porque sus mellizas se enfermaron, vomitaban, ni siquiera lloraban. El marabú les dio unas hierbas pero no les hicieron nada; cuando llegaron al hospital respiraban despacio y estaban muy flaquitas. Una de las mellizas se murió ayer a la mañana; ahora Hussena pelea para que la otra sobreviva. Las mellizas Hassana y Hussina habían nacido hace diez meses; eran sus hijos doce y trece.
Hussena dice que nunca pensó que su vida sería así
–Cuando era chica jugaba con esas muñecas de barro y les daba de comer, siempre les daba de comer. Yo creía que iba a vivir así, en buenas condiciones, pero lo que pasó fue esto y ahora lo tengo que aceptar.
–¿Cuáles serían buenas condiciones?
–Tener comida, un poco de ropa, un poco de plata para los gastos.
–¿Y por qué fue así?
–No sé. Mi marido trabaja y trabaja pero nunca llegamos a eso…
–¿Por qué?
–No sé. Me lo pregunto muchas veces, pero nunca sé.
Hussena se casó grande, a los 17 años, con un muchacho que conoció en la boda de una prima: él se pasó la tarde mirándola y al final se le acercó y le dijo que quería casarse con ella. Ella le dijo que hablara con sus padres; él habló. Hussena dice que es mejor casarse así, por elección y no tan chica, que ella sabe. Y que está contenta de haberse casado con ese hombre, pese a todo.
Hussena ya tiene como 45 años, y parió trece veces. Sus tres primeros eran varones y crecieron bien; los cinco siguientes se murieron. Nacían muy débiles, dice, muy chiquitos: no resistían vivir. Cuando murió el tercero las viejas del pueblo le dijeron que era por los partos muy pegados, porque se quedaba embarazada dos o tres meses después del parto y dejaba de amamantar y su bebé tenía que comer otra cosa y se enfermaba y se moría, y porque además con tanto parto Hussena estaba tan débil y tan flaca que cada bebé le salía muy chiquito, muy frágil. Hussena lo entendía, pero seguía quedando embarazada.
–¿Qué pensabas cuando tus bebés se morían uno tras otro?
–No sé, me pregunté por qué dios no quería que mis hijos vivieran, empecé a tratar de no embarazarme. Vino el marabú y me dio un grigrí para que no me embarazara.
El marabú es el sabio musulmán de cada pueblo, el que aconseja, el que dirige la madrassa y, en muchos casos, el curandero –que ahora la corrección política llama médico tradicional–; un grigrí es una cuerda que alguien se ata, generalmente a la cintura, con un trocito de piel de animal o un amuleto de piedra o arcilla, para curar una enfermedad o conseguir algún resultado.
–¿Y eso te impidió embarazarte?
–Sí, impidió.
–¿Por qué?
–Es así. Es nuestra tradición.
Dice, y se ríe. De vez en cuando, Hussena me dedica una sonrisa dulce, leve, con esa compasión con que se mira a los que no terminan de entender las cosas.
–Con lo difícil que fue ese parto.
Dice, y le pregunto si son más fáciles ahora o al principio.
–No, antes era más fácil, yo tenía más fuerza. Con la edad todo se hace más difícil… Ahora cuando estoy embarazada todo el trabajo me cuesta mucho más.
Dice, y que todos los partos anteriores habían sido tranquilos, en su casa, pero que cuando estaba embarazada de las mellizas, hace dos años, tenía muy poca comida y estaba muy débil y que cuando empezó el trabajo de parto se desvaneció y la trajeron hasta el hospital de Madaoua desmayada en una moto y que por eso se hizo esto, dice, y me muestra bruta quemadura en una pantorrilla:
–Con el caño de escape, me la hice. Eso me pasa por subirme a esas cosas.
Los médicos le dijeron que el problema era que había comido demasiado poco, que por eso las mellizas le salieron tan débiles, y que tenía que alimentarlas bien. Ella decía sí claro sí claro; el día que se iba se animó a preguntarles cómo hacerlo, dice, y le dijeron que tenía que amamantarlas pero que para eso tenía que comer bien, para que la leche le saliera fuerte y mucha.
–Imagínese.
Me dice: dice que me imagine. Que me imagine su zozobra, sus dudas: que ella muchas veces comía menos para que sus chicos no se quedaran sin comer, pero que le dijeron que si comía menos las mellizas se iban a enfermar y que entonces qué hacía.
–¿Qué hiciste?
–No sé, no sabía qué hacer, a veces comía, a veces no. Para lo que sirvió…
Dice, y mira al suelo. En sus brazos, la otra melliza llora muy bajito.
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