"De Argentina para el mundo..."



Caricatura de Alfredo Sabat

domingo, 19 de junio de 2016

HUELLAS EN LA ARENA

María Teresa Nannini

Athina acomoda en la vidriera los collares y pulseras de piedras de colores que los últimos turistas han revuelto en su afán de llevarse un trozo de la isla de Chíos.
Estira los brazos, feliz, mientras mira el sol declinando  sobre esa playa que ama.
Todos los años llega desde Atenas en la época de turismo, acondiciona su boutique y junta unos euros para seguir estudiando.
Son los momentos más felices del año.
Trabaja, se reúne  con amigos y disfruta del mar.
Recoge las cortinas blancas que el viento quiere robar de sus ventanas, aspira el aire salado y cierra.
La playa la espera.

Baja los escalones de madera, se saca las sandalias y goza de la tibieza de la arena.
Ya se encienden algunas luces del otro lado del mar, en las costas de Turquía.
Le encanta imaginar historias de aquellas tierras, pero hoy, le atraen las huellas en la arena.
Unas van, otras vienen.
Los pies que se arrastran muestran sus deseos de no llegar.
Borran las formas, desandan lo vivido, retrasan el final.
Hacen círculos, entran y salen del mar.
Athina las sigue con sus pies, imaginando personajes vencidos...
Ve ancianos solos, sin ilusiones que entran al mar buscando su destino y regresan a una playa yerma, sin afectos.

No quiere ponerse triste.
Encuentra otras, jóvenes, que llevan su ímpetu hacia adelante.
Se hunden en la arena con fuerza, marcan su decisión.
Los dedos dejan su impronta; el talón no se apoya, vuela, va.
Recorren el largo de la playa y ni el mar se atreve a borrarlas.
A esas las sigue haciendo coincidir sus pies, contagiándose de vitalidad.
¡Otras  van de a dos!
Una apenas se nota, es  leve.
Athina la  sigue, hunde su pie y siente las cosquillas del amor.
La otra huella, firme, parece guiarla.
Cerca de la roca se convierten en una.
Imagina un  beso que borra la marca y a dos que  vuelan envueltos en ilusiones.

Más adelante hay un trozo de juguete abandonado, rodeado de pequeñas huellas.
El agua desarma las formas del castillo.
Los muros han caído, el baluarte se ha entregado.
Torres y minaretes se convierten en suaves dunas.
Un estandarte de papel flamea y da sus últimos vítores.
La huella cruel de la infancia asestó el golpe final a la orgullosa torre.
Athina se inclina y trata de reconstruirla.

Los recuerdos la envuelven mientras hunde las manos en la arena y se deslumbra con los reflejos de los últimos rayos de sol sobre las piedras.
Forma caminos, haciendo dibujos  con sus dedos alrededor del fuerte derrumbado.
De repente, algo rompe su ensoñación.
Levanta la cabeza y un objeto aparece y desaparece detrás de las olas.
Se incorpora lentamente, con el corazón palpitante.
La siguiente ola deposita a sus pies un salvavidas color naranja,  envuelto en algas.
Lo recoge por instinto y mira para todos lados.
No hay nadie cerca.
Sin pensarlo ha llegado casi a la punta de la playa donde comienzan las rocas.
No puede avanzar descalza por que las valvas de los moluscos incrustadas lastiman sus pies.
Debe regresar.

Vuelve, arrastrando el salvavidas de una de sus tiras negras.
Siente un temblor en las piernas y una rara sensación en la espalda.
Quiere imaginar una historia pero la realidad la bloquea.
Mira hacia las luces de Turquía, ahora con temor.
Al volver la vista, lo ve:
Detrás de unos arbustos asoman unos pies de plantas blancas y arrugadas.
Tiene el impulso de salir corriendo pero algo más fuerte la lleva a arrimarse.
Es un cuerpo oscuro, el que yace tirado boca abajo.
La ropa destrozada deja ver algo de sus piernas y parte del torso.
Athina se aproxima con temor y mira para pedir ayuda pero no hay nadie.
“¿Estará  vivo o muerto?” se pregunta.
Lo toca, apenas, con el salvavidas y le parece ver una reacción.
Lo pincha con una rama y da un respingo.
¡Vive!

Da media vuelta y sale a buscar ayuda.
Cuando quiere dar un segundo paso una mano férrea le toma el tobillo y la tira sobre la arena.
Mira con ojos desorbitados cuando la misma  mano le tapa la boca.
Traga  arena y no puede emitir sonido.
El náufrago ha revivido y le susurra palabras que no entiende.
Con los ojos le indica que no lo comprende.
Él señala hacia las luces de Turquía.
Athina asiente y el afloja levemente la presión.
La mirada del hombre  baja hacia las piernas descubiertas que estriban en la playa.
La arrasta buscando refugio detrás de las dunas.
El miedo cubre de sudor el cuerpo de la jóven y no puede dejar de temblar.
Un gesto desesperado de ella hace que la libere.
Athina, aliviada, ve bondad en sus ojos y le toma las manos, las lleva a su corazón,indicando que quiere ayudarlo.
Ha comprendido el orígen del náufrago.
Le hace señas de ir hacia el pueblo y el se niega.
Se repliega en sí mismo y le da a entender que no puede.
Arrastrándose, el hombre, va hacia las rocas y ella no puede detenerlo.
Corre tras de él.

Las últimas luces del atardecer desdibujan las formas.
El náufrago trepa las rocas y mira el mar tratando de romper las sombras.
Cree ver algo y se lanza hacia abajo.
Un bulto se mueve entre las rocas, el mar lo sacude, lo lleva,lo trae, y lo estampa contra las piedras.
Lastimándose,  logra recogerlo:
Es un salvavidas vacío que arrastra un juguete partido.
El hombre lo abraza y rompe en gritos desgarradores.
Quiere tirarse al agua, Athina trata de evitarlo con sus pocas fuerzas.
Le toca la cara, lo besa, le vuelve a poner las manos en su corazón y le muestra el cielo.
Es la señal para que el hombre se desplome y con él, todo el dolor de la tierra.
La injusticia humana cabe en esa playa, en ese atardecer.

Y el mar todo lo disuelve...
Siglos de agua salada llevan y traen, esconden, sepultan, arrasan.

Cuando extienda los brazos para abrazar a la luna, borrará las huellas en la arena y las historias volverán a reinventarse.

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