Llore, señora Presidenta
¿La miseria tiene alguna relación con la justa distribución de la riqueza que desde hace cinco años predica el kirchnerismo?
Juan Marguch
Periodista
La información pasó casi inadvertida en el turbión de noticias conflictivas que abruman cada día a los argentinos: durante su breve visita a Roma, la presidenta de la República contuvo a duras penas su llanto cuando pidió perdón a compatriotas exiliados y a familiares de desaparecidos por la tardanza con que se inició el juicio a los militares que perpetraron la salvaje represión durante los años de plomo.
Ningún hombre de bien puede permanecer indiferente ante la vesanía impune. Y menos aún cuando la barbarie se perpetra en nombre de la defensa de la civilización occidental y cristiana.
Ahora bien, los argentinos tenemos muchas más razones para llorar. Nos basta con asomarnos a cualesquiera de las villas miseria que rodean a las ciudades y pueblos de nuestro territorio.
Ningún hombre de bien puede permanecer indiferente ante la exclusión social y, sobre todo, ante el martirio que se infiere a las criaturas desposeídas de todos los derechos humanos, comenzando por el derecho humano fundante: el derecho a la vida.
Un vuelo de cinco minutos en helicóptero desde la Casa Rosada o desde Olivos depositaría a la presidenta de la Nación en escenarios infernales: los rincones de la Argentina subsahariana, que se expande día tras día como una incontenible gangrena.
Transa en el conurbano. Es notorio que el poder del kirchnerismo se asienta ahora sobre la transa que efectuó con los intendentes del conurbano bonaerense, a quienes antes había demonizado como corruptos. Corruptos, pero poseedores de la más eficiente máquina electoral de la política nacional.
La mayoría de ellos ostenta el poder desde hace más de 20 años y lo ejerce con autoritarismo. Muchos de ellos son verdaderos señores feudales de zonas liberadas prósperas, desde la trata de blancas al narcotráfico pasando por el alquiler de guardias de corps (por malos nombres, barrabravas y/o piqueteros), juego clandestino y un oscuro etcétera. Ellos aplican mejor que nadie el principio de que la miseria cautiva garantiza votos cautivos.
En dos décadas de omnipotencia podrían haber mejorado la calidad de vida de sus súbditos, pero hubiesen corrido el riesgo de que, al disminuir los índices de deserción escolar, de enfermedades de la miseria y de inseguridad, y acrecentar de manera simultánea los índices de inscripción en los niveles de enseñanza secundaria, terciaria y universitaria, podrían ver disminuida su clientela electoral. Es mejor que los villeros y cartoneros dependan de los punteros para conseguir desde una tira de aspirinas a una internación de urgencia, desde un colchón a una chapa de zinc o un par de zapatillas.
Ello explica, en cierto modo, por qué en el conurbano un elevado número de centros comunitarios de salud están cerrados o carecen de lo elemental y por qué los enfermos deben hacer cola desde la medianoche frente a los sobrepasados hospitales para obtener el número que les permita acceder a una consulta médica después de 10 o más horas de espera en el frío polar de las noches.
La Argentina real. Para llorar, la señora Presidenta debería ir de incógnito a las villas, para evitar el aborrecible baño de multitudes que le preparan los caudillos conurbanos, que acarrean a argentinos sumergidos, a razón de 20 pesos per cápita, con más un choripán o una hamburguesa y una gaseosa.
Encontraría a la Argentina real, no a la de los punteros y mercenarios subcomandantes piqueteros ni a la que mide el Indec; encontraría, en fin, a una enorme herida injusta que hace derramar lágrimas de dolor e ira.
La señora Presidenta debería visitar de incógnito el bastión conurbano. Y, como toda visita a una región desconocida requiere de una guía, una de las más aconsejables sería, por ejemplo, la estadística que suministró el 19 de mayo de 2008 el ministro de Salud de la provincia de Buenos Aires, Claudio Zin. Luego de cuatro años de kirchnerismo en ejercicio absoluto del poder, la mortalidad infantil creció en ese Estado de 12,5 en 2006 a 13,5 fallecidos cada mil nacidos vivos en 2007, antes de cumplir un año de vida.
"El distrito de La Matanza encabeza la lista de los distritos más afectados –precisó el ministro–. Allí, durante 2006, fallecieron 310 chicos y en 2007, 345. Detrás de éste aparecen Lomas de Zamora, Quilmes, Almirante Brown, Florencio Varela, Morón, San Miguel, Hurlingham, San Isidro, Merlo, Morón y Avellaneda. En La Plata, la cantidad de decesos fue de 160 en 2007". El distrito de La Matanza es la pieza maestra de la máquina conurbana.
Las muertes afectaron en mayor medida a niños de más de 28 días: la tasa ascendió a 17,5 por ciento y las causas radican en las precarias condiciones de vida. En estas edades, las patologías infecciosas representaron 29 por ciento, fundamentalmente las infecciones respiratorias agudas, las septicemias y la aparición de casos de tos ferina, las malformaciones congénitas, otras enfermedades del aparato respiratorio, muerte súbita y causas externas.
El 29 de mayo pasado, al analizar el informe del ministro Zin, la Central de Trabajadores Argentinos (CTA) afirmaba que "las defunciones de los niños de hasta 27 días (neonatales) están relacionadas con el embarazo, las condiciones de salud de la madre, el parto y la atención del recién nacido. Éstas se deben, 66 por ciento a trastornos respiratorios y cardiovasculares, prematurez, bajo peso al nacer e infecciones del período perinatal, y 24 por ciento a malformaciones congénitas".
Patologías infecciosas, infecciones respiratorias agudas, septicemia, reaparición de la tos ferina, enfermedades de la miseria. ¿La miseria tiene alguna relación con la justa distribución de la riqueza que desde hace cinco años predica el kirchnerismo? No se entiende bien aún qué entiende el kirchnerismo por justa distribución de la riqueza, porque en 2002 la brecha entre el 10 por ciento de la población que percibía los ingresos más altos y el 10 por ciento de la población que percibía los ingresos más bajos era de 15 veces; en cinco años de economía neoconservadora kirchnerista la brecha se amplió a 33 veces... Es para llorar.
© La Voz del Interior
Periodista
La información pasó casi inadvertida en el turbión de noticias conflictivas que abruman cada día a los argentinos: durante su breve visita a Roma, la presidenta de la República contuvo a duras penas su llanto cuando pidió perdón a compatriotas exiliados y a familiares de desaparecidos por la tardanza con que se inició el juicio a los militares que perpetraron la salvaje represión durante los años de plomo.
Ningún hombre de bien puede permanecer indiferente ante la vesanía impune. Y menos aún cuando la barbarie se perpetra en nombre de la defensa de la civilización occidental y cristiana.
Ahora bien, los argentinos tenemos muchas más razones para llorar. Nos basta con asomarnos a cualesquiera de las villas miseria que rodean a las ciudades y pueblos de nuestro territorio.
Ningún hombre de bien puede permanecer indiferente ante la exclusión social y, sobre todo, ante el martirio que se infiere a las criaturas desposeídas de todos los derechos humanos, comenzando por el derecho humano fundante: el derecho a la vida.
Un vuelo de cinco minutos en helicóptero desde la Casa Rosada o desde Olivos depositaría a la presidenta de la Nación en escenarios infernales: los rincones de la Argentina subsahariana, que se expande día tras día como una incontenible gangrena.
Transa en el conurbano. Es notorio que el poder del kirchnerismo se asienta ahora sobre la transa que efectuó con los intendentes del conurbano bonaerense, a quienes antes había demonizado como corruptos. Corruptos, pero poseedores de la más eficiente máquina electoral de la política nacional.
La mayoría de ellos ostenta el poder desde hace más de 20 años y lo ejerce con autoritarismo. Muchos de ellos son verdaderos señores feudales de zonas liberadas prósperas, desde la trata de blancas al narcotráfico pasando por el alquiler de guardias de corps (por malos nombres, barrabravas y/o piqueteros), juego clandestino y un oscuro etcétera. Ellos aplican mejor que nadie el principio de que la miseria cautiva garantiza votos cautivos.
En dos décadas de omnipotencia podrían haber mejorado la calidad de vida de sus súbditos, pero hubiesen corrido el riesgo de que, al disminuir los índices de deserción escolar, de enfermedades de la miseria y de inseguridad, y acrecentar de manera simultánea los índices de inscripción en los niveles de enseñanza secundaria, terciaria y universitaria, podrían ver disminuida su clientela electoral. Es mejor que los villeros y cartoneros dependan de los punteros para conseguir desde una tira de aspirinas a una internación de urgencia, desde un colchón a una chapa de zinc o un par de zapatillas.
Ello explica, en cierto modo, por qué en el conurbano un elevado número de centros comunitarios de salud están cerrados o carecen de lo elemental y por qué los enfermos deben hacer cola desde la medianoche frente a los sobrepasados hospitales para obtener el número que les permita acceder a una consulta médica después de 10 o más horas de espera en el frío polar de las noches.
La Argentina real. Para llorar, la señora Presidenta debería ir de incógnito a las villas, para evitar el aborrecible baño de multitudes que le preparan los caudillos conurbanos, que acarrean a argentinos sumergidos, a razón de 20 pesos per cápita, con más un choripán o una hamburguesa y una gaseosa.
Encontraría a la Argentina real, no a la de los punteros y mercenarios subcomandantes piqueteros ni a la que mide el Indec; encontraría, en fin, a una enorme herida injusta que hace derramar lágrimas de dolor e ira.
La señora Presidenta debería visitar de incógnito el bastión conurbano. Y, como toda visita a una región desconocida requiere de una guía, una de las más aconsejables sería, por ejemplo, la estadística que suministró el 19 de mayo de 2008 el ministro de Salud de la provincia de Buenos Aires, Claudio Zin. Luego de cuatro años de kirchnerismo en ejercicio absoluto del poder, la mortalidad infantil creció en ese Estado de 12,5 en 2006 a 13,5 fallecidos cada mil nacidos vivos en 2007, antes de cumplir un año de vida.
"El distrito de La Matanza encabeza la lista de los distritos más afectados –precisó el ministro–. Allí, durante 2006, fallecieron 310 chicos y en 2007, 345. Detrás de éste aparecen Lomas de Zamora, Quilmes, Almirante Brown, Florencio Varela, Morón, San Miguel, Hurlingham, San Isidro, Merlo, Morón y Avellaneda. En La Plata, la cantidad de decesos fue de 160 en 2007". El distrito de La Matanza es la pieza maestra de la máquina conurbana.
Las muertes afectaron en mayor medida a niños de más de 28 días: la tasa ascendió a 17,5 por ciento y las causas radican en las precarias condiciones de vida. En estas edades, las patologías infecciosas representaron 29 por ciento, fundamentalmente las infecciones respiratorias agudas, las septicemias y la aparición de casos de tos ferina, las malformaciones congénitas, otras enfermedades del aparato respiratorio, muerte súbita y causas externas.
El 29 de mayo pasado, al analizar el informe del ministro Zin, la Central de Trabajadores Argentinos (CTA) afirmaba que "las defunciones de los niños de hasta 27 días (neonatales) están relacionadas con el embarazo, las condiciones de salud de la madre, el parto y la atención del recién nacido. Éstas se deben, 66 por ciento a trastornos respiratorios y cardiovasculares, prematurez, bajo peso al nacer e infecciones del período perinatal, y 24 por ciento a malformaciones congénitas".
Patologías infecciosas, infecciones respiratorias agudas, septicemia, reaparición de la tos ferina, enfermedades de la miseria. ¿La miseria tiene alguna relación con la justa distribución de la riqueza que desde hace cinco años predica el kirchnerismo? No se entiende bien aún qué entiende el kirchnerismo por justa distribución de la riqueza, porque en 2002 la brecha entre el 10 por ciento de la población que percibía los ingresos más altos y el 10 por ciento de la población que percibía los ingresos más bajos era de 15 veces; en cinco años de economía neoconservadora kirchnerista la brecha se amplió a 33 veces... Es para llorar.
© La Voz del Interior

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