Por Carlos Pagni | LA NACION
Mientras Cristina Kirchner cumple en Olivos con el reposo estricto que le ordenaron los médicos, la última etapa de su administración está ingresando en un angosto desfiladero.
En los últimos días quedó expuesta la contradicción en la que estará atrapada la Presidenta en su tránsito hacia 2015.
Por un lado, el ministro de Economía, Hernán Lorenzino, pacta con los organismos internacionales para evitar una crisis de reservas.
Por otro, los intelectuales oficialistas del grupo Carta Abierta advirtieron que "lo conquistado y lo recuperado" dependen de que las políticas oficiales se radicalicen.
En ambos fenómenos anida una verdad del kirchnerismo.
Para llegar a 2015 sin una gran turbulencia económica, el Gobierno debe abjurar de algunas de sus consignas retóricas.
Es lo que espera el peronismo.
Pero para gravitar en la vida pública más allá de aquel año, debe sostener sus banderas populistas.
Es lo que espera su más íntimo núcleo electoral.
Estas exigencias contrastantes esconden las claves de la transición y, sobre todo, de la interna peronista.
Amado Boudou saldrá de su interinato presidencial más dañado de lo que entró. Carlos Zannini y Oscar Parrilli limitaron sus apariciones públicas hasta suspender, por ejemplo, la inauguración de la fábrica de heladeras Siam, de Avellaneda.
Para la señora de Kirchner este relanzamiento del importador Rubén Cherñajovsky sería un hito en la campaña. Se iba a realizar el próximo jueves, 17 de octubre.
Pero Boudou debió echar al canasto su discurso sobre la lealtad.
Sin embargo, el deterioro de Boudou coincide con su reivindicación.
La Presidenta se resignó a cumplir la receta que él se fijó en 2009, cuando asumió el Ministerio de Economía.
En aquel entonces, Boudou aconsejaba pagar los arbitrajes del Ciadi, corregir el índice de precios y salir del default con el Club de París.
Como ahora, Cristina Kirchner venía de una derrota electoral.
Y, también como ahora, se intentaba aplacar los mercados con el rumor del alejamiento de Guillermo Moreno.
Lorenzino negocia con los organismos multilaterales menos rigurosos, el BID y el Banco Mundial.
Este último desembolsará 3000 millones de dólares para los próximos tres años.
Es una cifra alentadora, aunque represente menos del 30% de las necesidades de financiamiento para 2014. A cambio, el ministro se comprometió a saldar la deuda de 500 millones de dólares con los acreedores que ganaron arbitrajes en el Ciadi, el tribunal del mismo Banco.
La promesa de Lorenzino es curiosa.
Primero, porque pagará con bonos, es decir, endeudará a otros gobiernos.
Segundo, porque algunos de los que cobrarán son fondos -Gramercy, Continental Casualty Company o Blue Ridge Capital- que compraron los derechos arbitrales a las empresas que iniciaron los litigios ante el Ciadi.
En otras palabras, el Gobierno traiciona en este frente el principio que rige sus relaciones con los holdouts: negar cualquier derecho a los especuladores que adquirieron deuda a bajo costo.
Los acreedores del Ciadi serían, para la ornitología de Olivos, buitres buenos.
Al habilitar algunos créditos, las transacciones de Lorenzino demoran el deterioro de las reservas monetarias.
Pero están lejos de desatar los grandes nudos de la economía.
Moreno sigue abordando la inflación con la prepotencia de un control de precios que se vuelve menos eficaz a medida que el Gobierno pierde poder.
Y, lo más insólito, pretende que los bancos intervengan en el mercado de divisas paralelo para achicar la brecha cambiaria.
De Vido ya no puede negarse a las importaciones de petróleo que pretenden algunas empresas para abastecer el mercado.
Las refinerías pagarán más caro el crudo.
Alrededor de 115 dólares el barril.
Ese incremento determinará el precio de los combustibles, que Moreno pretende controlar.
Las tímidas tratativas que Cristina Kirchner autorizó a Lorenzino no alcanzan a satisfacer las expectativas de la nomenclatura peronista.
Las primarias de agosto quebraron el consenso del PJ en torno de la política económica.
Los gobernadores necesitan que la Presidenta estabilice los precios, resuelva el problema cambiario y expanda la oferta de energía.
Para la gestión de ese programa les gustaría ver al titular de la Anses, Diego Bossio, en el sillón de Lorenzino.
Ajeno a La Cámpora o a los académicos de Axel Kicillof, Bossio se alió a los líderes del Peronismo Federal.
Esa asociación se institucionalizó en Gestar, un centro de estudios que preside José Luis Gioja y del que Bossio es director.
Gioja es el principal gestor de la candidatura presidencial de Daniel Scioli en el seno del partido.
Podría ser su compañero de fórmula.
Se explica, entonces, la consternación con que este sector recibió la noticia del accidente del gobernador de San Juan.
¿Es concebible que la Presidenta acuerde un ajuste con el PJ?
¿Cabe imaginar a Cristina Kirchner trabajando para otro?
En la respuesta a estas preguntas radica la diferencia central entre Scioli y Sergio Massa.
La fundación del Frente Renovador es el indicio más claro del escepticismo de Massa respecto de que el Gobierno pueda elevar su calidad hasta volverse defendible en 2015.
En cambio, la tarde en que, desoyendo a Karina Rabolini, confesó a Massa que no lo acompañaría en su aventura electoral, Scioli quedó atado a que la Presidenta mejore su gestión.
Para entender la estrategia de Scioli, conviene incorporar un detalle: en aquella reunión en La Ñata, después de adelantarle que no rompería con la Casa Rosada, él alentó a Massa a enfrentar al Gobierno.
Scioli necesita que a la Presidenta le vaya tan mal que la posibilidad de una reelección quede anulada.
Es el servicio que prestó Massa.
Y necesita que le vaya tan bien que no sea una mochila para el candidato del PJ en 2015.
Es lo que quiere conseguir intentando que Martín Insaurralde evite una catástrofe el 27 de octubre.
El teorema de Scioli sería razonable si se admitiera una premisa: que para Cristina Kirchner es relevante que dentro de dos años gane el peronismo.
Una hipótesis que, a la luz el último texto del grupo Carta Abierta, suena errónea.
El documento desarrolla la teoría que expuso la Presidenta el 13 de agosto pasado, 48 horas después del revés bonaerense: la derrota del oficialismo es una consecuencia del trabajo destituyente de "la derecha", que manipula las conciencias a través de la corporación mediática.
La inflación, la presión devaluatoria o el desbarajuste energético son los medios de que se sirven los poderes fácticos para alcanzar sus inconfesables fines.
Es decir, no sólo hay que descartar que el Gobierno incurra en un fracaso por su propia inoperancia. Cualquier triunfo ajeno al kirchnerismo carece de legitimidad democrática y debe ser visto como una aberración de la historia.
En palabras de estos intelectuales: "Lo que está en juego no es el éxito o fracaso de una gestión, entendida como un agregado de medidas o políticas, sino el sentido de una época. No hay profundización de ella sin continuidad o, para ser más dramáticos, sin futuro del kirchnerismo como fuerza transformadora en el poder".
En agosto de 2012, estos escritores ya se habían negado a ir detrás de Scioli, a quien caracterizaron como la "nueva derecha que quiere erigirse como heredera" -es una pena, o un escándalo, que este párrafo haya sido suprimido, como muchos otros, de la versión que publica el grupo en su sitio oficial-.
Ahora también quedó descartado, por supuesto, Massa.
Esta última Carta es una oda al candidato desconocido.
Sugiere que tal vez no se le pueda ofrecer al corazón del kirchnerismo un representante distinto de la Presidenta.
Pero esta imposibilidad plantea una paradoja.
La Bolsa de Buenos Aires se está revitalizando porque muchos inversores vislumbran que las opciones para 2015 -Massa, Scioli, Cobos, Sanz, Macri, Binner, etc.- serán más favorables a la inversión.
Al quedar descartada, Cristina Kirchner se beneficia con una transición menos tormentosa.
Como suele explicar Pablo Gerchunoff, "los mercados adelantan la confianza en el que viene y de ese modo financian al que se va".
Va a ser difícil, sin embargo, leer una Carta que agradezca ese servicio
Boletín Info-RIES nº 1116
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Hace 2 meses

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