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Caricatura de Alfredo Sabat

sábado, 24 de enero de 2015

Una larga historia de muertes y dudas

Con la democracia recuperada en 1983, las muertes dudosas, en especial las catalogadas "como suicidio" empezaron a ser numerosas

Alberto Amato

El 5 de enero de 1939, harto de la corrupción política en la Argentina…
Alto: hace setenta y seis años, ya había gente harta de la corrupción política en la Argentina. Vamos de nuevo.
El 5 de enero de 1939, harto de la corrupción política en la Argentina, el ex senador Lisandro de la Torre se pegó un balazo en el corazón, en su despacho del segundo piso de Esmeralda 22.
Una foto lo muestra abatido por la bala y por el país, frente a una carta dirigida a su asistente, Clotilde Vergara, a quien dejó, a modo de herencia, sus últimos doscientos pesos y un deseo:
“Que encuentre un trabajo cómodo y sea feliz”.

De la Torre fue conocido como “El fiscal de la Nación” por su tenaz oposición al régimen corrupto instaurado en el país después del primer golpe de Estado en 1930, conocido como la “Década infame”. La conmoción provocada por su muerte fue parecida, aunque por razones diferentes, a la que provocó la muerte del fiscal Alberto Nisman, investigador especial durante una década del atentado a la AMIA.
Si aquellos argentinos del 39 sintieron que con el suicidio de De la Torre moría parte del país, los argentinos del 2015 sienten que con la muerte de Nisman, a la que no dudan en calificar de asesinato, el país se ha tornado irrescatable.

Los suicidios de antes eran categóricos, más claros, más transparentes...
Pretendían cerrar un ciclo, bajar un telón definitivo sobre el escenario de un drama sin autor, sin libro y sin director.
Eran suicidios de los que nadie podía sacar provecho;
suicidios sin segundas lecturas, sin terceros en discordia,
sin mafias vinculadas al poder chapoteando en la sangre, frente a las sogas basculantes o entre los vahos del cianuro.
Leandro N. Alem se sintió un fracasado y se pegó un balazo en el carruaje que lo llevaba al Club del Progreso el 1° de julio de 1896.
Y eso fue todo.

Los suicidios de antes no dejaban dudas.
Ni las sembraban.
Nadie oyó hablar nunca entonces de suicidios inducidos.
Ni siquiera la corrupción llevó al suicidio a los corruptos.
Casi no hay registros argentinos de suicidios por el honor perdido, a excepción de Víctor Juan Guillot, un diputado radical que aceptó una coima de doce mil seiscientos doce pesos con cuarenta y ocho centavos en un negociado de tierras para ampliar el Colegio Militar de El Palomar.
No pudo soportar la vergüenza de haber sido descubierto y se mató el 23 de agosto de 1949, antes de cumplir 41 años.

El primer suicidio dudoso que rozó al poder fue el de Juan Duarte, hermano de Eva Perón.
Un granuja de tres por veinte que aprovechó su condición de hermano ilustre para enriquecerse con la importación de autos y con las ansias de algunos nazis por radicarse en secreto en el país.
El 9 de abril de 1953, nueve meses después de la muerte de Evita, Duarte apareció con un balazo en la cabeza al costado de la cama de su departamento de la Avenida Callao.
Suicidio.
Pero la pistola estaba caída bastante lejos del orificio de entrada de la bala.
La mamá de Duarte, Juana Ibarguren, gritó en el cementerio:
“Asesinos. Me han matado a otro de mis hijos…”
Y, dos años después, la llamada Revolución Libertadora afirmó que Duarte había muerto por orden de Perón.

Con la democracia recuperada en 1983 las muertes dudosas, en especial las catalogadas como suicidio, empezaron a ser más numerosas y casi siempre tuvieron un único beneficiario:
El poder de turno.
Durante la segunda presidencia de Carlos Menem esas muertes fueron legión.
Y muchas fueron recordadas en estos días, mientras crecen las dudas sobre cómo murió realmente el fiscal Nisman.

El 20 de mayo de 1998, acorralado por la Justicia, el empresario postal Alfredo Yabrán se pegó un escopetazo en la boca en su estancia de la Aldea San Antonio, en Entre Ríos.
La de Yabrán no fue una muerte dudosa, aunque sembró dudas y creó una mitología bien argentina que, de vez en vez, lo hace aparecer en algún sitio alejado del mundo con otra cara y otra identidad.
Su muerte cerró de algún modo la investigación sobre el asesinato del fotógrafo José Luis Cabezas y tapó la feroz disputa empresaria y gubernamental por el control del Correo.
Tres meses después apareció suicidado, nueva acepción del término, el capitán Horacio Estrada, un marino vinculado a la ESMA durante la dictadura y ligado al tráfico de armas a Ecuador y a Croacia del gobierno de Menem.
Lo encontraron el martes 25 de agosto de 1998, cuatro días después de declarar en Tribunales.
Suicidio.
Tenía un balazo en la sien derecha, pero era zurdo.

Dos meses después, el 4 de octubre, en el pabellón 2 de la Ciudad Universitaria apareció ahorcado el empresario Marcelo Cattáneo, hermano de un funcionario de Menem ligado al escándalo de la empresa IBM por la informatización del Banco Nación.
Su muerte, catalogada como suicidio, presentaba una arista extraña:
El muerto vestía ropas que no eran de él y tenía en la boca un recorte del diario “La Nación” referido al escándalo.

Dos meses después de la extraña muerte de Cattáneo, el 13 de diciembre de 1998, fue hallado con un balazo en la cabeza el brigadier Rodolfo Etchegoyen, ex director de la Aduana.
Estaba por revelar negocios oscuros en Ezeiza.
“Yo, con la droga, no transo”, dicen que dijo después de renunciar a su cargo y días antes de morir.
Sus hijos descreyeron siempre del suicidio y del juez de instrucción que lo dictaminó, Roberto Marquevich, que fue ascendido luego a juez federal de San Isidro.

El 1 de marzo de 2003, en el patio del edificio de la calle Mansilla al 2400 donde vivía, fue hallada muerta Lourdes Di Natale.
Había caído desde diez pisos.
Suicidio.
Di Natale fue secretaria privada de Emir Yoma a quien denunció por cobrar coimas en el tráfico de armas a Ecuador y Croacia.
Su denuncia llevó a Yoma y a Menem a la cárcel y su presunto suicidio fue puesto en duda por una jueza que dictaminó que la mujer pudo haber sido asesinada y no caer por accidente, o por propia decisión, como aseguraba un dictamen inicial.

Curiosidades de la Argentina:
Esa jueza del caso Di Natale fue Fabiana Emma Palmaghini, que tiene a su cargo hoy la investigación sobre la muerte del fiscal Nisman, el primero de esta larga lista en morir después de denunciar a la más alta autoridad de la Nación y apenas horas antes de ratificar su denuncia en el Congreso.

Su sangre, todavía fresca, estremece a esta democracia inerme y desconcertada...

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