El
límite es un término o un linde, algo que pone fin a un tiempo, un lugar, un
momento o una situación.
El
límite define, y completa, y en términos matemáticos no puede ser sobrepasado
por un valor o una cantidad mayor.
Son
los valores extremos que pueden tomar las variables, hacia un lado y hacia el
otro.
Es decir en el
límite hay una culminación, y por otro lado una prohibición de traspasarlo.
Es
decir el límite es el punto final de la cuestión.
Hasta allí y no
más.
Esto
es válido para las cosas materiales, para las convenciones, para las sociedades
y para las relaciones entre las personas, en especial en cuánto a los valores y
las circunstancias morales que rodean a las vinculaciones entre la gente.
Los
límites morales regulan nuestro trato con los demás y con nosotros mismos, y
son reglas, convenciones sociales, que se aplican en la comunidad, como
obligatorias y comunes para todos.
Estos
límites entran a jugar cuando se establecen conflictos entre personas, pero sobre
todo entre los valores de cada uno.
Los
valores morales son un conjunto de reglas y costumbres que la sociedad da a los
individuos que la integran para que puedan actuar en forma correcta y
honorable, y no existan diferencias ni discriminaciones entre ellos.
Establecen
la forma correcta de actuar en un lugar y en un momento determinado, es decir
en una comunidad en el tiempo señalado.
A
través de ellos diferenciamos lo bueno de lo malo, lo correcto de lo incorrecto
y lo justo de lo injusto.
Forman
parte de la impronta, desde la primera infancia y por las figuras que señalan
la autoridad, primero los padres, o quienes nos crían y después los maestros,
introducen en nosotros el valor, la creencia en ellos y la actitud y el
compromiso de la conducta adecuada a ellos.
Están
arraigados de tal modo en la sociedad, que su trasgresión no sólo es moral,
sino casi siempre jurídica y provoca sanciones legales a su violación.
El
valor del límite es esencial en el comportamiento personal en relación a los
demás.
En especial en
relación a los derechos y las obligaciones desde nuestra óptica, y que
suelen señalar nuestra conducta.
¿Hasta
dónde debo llegar?
Hay
que diferenciar entre el deber y el
poder, no sólo en el sentido de lo que se puede intentar, sino también en
el sentido de autoridad.
Es
sabido que en las relaciones humanas, no siempre hay equilibrio.
Hay
situaciones en las cuales alguien está en posición ventajosa, o por encima de
quien está relacionado.
La
situación puede inducir a saltear los límites, y a imponer condiciones,
autoridad y aún mejores conocimientos en la situación fáctica que se trate
entre ambos.
Es
una cuestión de valoración, de valoración personal y de priorizar lo debido a
lo querido.
Puedo
aprovecharme de una situación, si tengo el control de la misma, y cierta
autoridad sobre el otro.
Pero
habré traspasado el límite de lo que debo.
Mi deber es
mantener el equilibrio, jugar el rol adecuado, tanto para mí como para el otro.
La
comprensión y la conciencia del límite es indispensable para establecer escalas
jerárquicas con relación a los valores.
La
armonía y la buena convivencia de una comunidad, depende en gran parte del
respeto por los límites de cada uno, y del respeto de los demás.
Cada
uno debe regularlos y sostenerse dentro de los mismos.
Saber
que debe hacer y qué es lo que no debe hacer.
El
famoso equilibrio platónico: Es bueno
y moral lo que está equilibrado.
Es
decir sin traspasar los límites, en especial los límites morales, los de los
valores y los de la propia dignidad.
Elías
D. Galati


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