Por
Miguel Ángel Iribarne
La PRENSA
“Los
ricos son nuestros enemigos” disparó Hebe Bonafini.
El
Chino Navarro intentó empro lijarla:
“Lo
que dice Hebe, aunque lo dice de una manera muy absoluta, es que los más ricos
tienen recursos a costa de los más pobres”.
Por
cierto, un cabal merecedor del dicho
campero: “No aclare, amigo, que
oscurece…”.
En
cualquier caso ya sabemos a qué atenernos.
Esta es la
versión subyacente al discurso del actual Gobierno, sea en su
declinación moderada o en la más radical:
El
problema de la Argentina radica en los económicamente exitosos, que sólo pueden
ser tales porque despojan a los pobres.
Una versión
ideológicamente menos sofisticada pero, en el fondo, básicamente coincidente con las elucubraciones de Marx sobre la
plusvalía.
La
cuestión no es espantarnos, ni menos darnos por satisfechos por haber detectado
la concepción socioeconómica nuclear del kirchnerismo.
De
lo que se trata es de saber si tal descripción es correcta…
Si
en un enfrentamiento de suma cero entre la burguesía y el proletariado radica
el fondo de los males de la convivencia argentina y de la persistente
decadencia del país como comunidad de destino.
Sospechamos
que no.
Que
otra es la madre del borrego.
Y
que el discurso antes referido tiene por objeto, precisamente, ocultarla.
Existe
una dominación estructural en la Argentina, como en otros países.
Existe,
consecuentemente, un potencial conflicto de clases, pero ni una ni otro son los
que Bonafini y Navarro mentan.
Probablemente
no sean los textos de Marx y Engels los que echen más luz sobre nuestra
realidad, sino la tradición europea del Realismo Político (Mosca, Pareto,
Monnerot, Miglio), convergente en este punto con algunos análisis de la Escuela
Austríaca de Economía (Mises, Hayek, Rothbard).
El
verdadero enfrentamiento que marca a nuestra sociedad nacional y que obsta al
pleno desarrollo de sus potencialidades,
potencialidades de las que tuvimos destellos en la época del Primer Centenario,
es el que opone a la Clase Política
con las Clases Medias Productivas del país.
Por
la primera entendemos a la gran mayoría de los que “hacen política” entre
nosotros.
Más
allá de su natural fragmentación partidaria ellos tienen intereses
esencialmente comunes.
Las ideologías,
las consignas y los slogans estatizantes no son otra cosa que el discurso
funcional a la preservación, crecimiento y reproducción de su poder. De esto se trata cada vez que se reclama, en
el ámbito económico, un Estado presente, cada vez que se proponen nuevos campos
para el asistencialismo, cada vez que se demoniza la posibilidad de disminuir
el peso del aparato público sobre las espaldas de la sociedad.
De
allí la importancia políticamente crucial de que exista y prolifere una inteligentísima
legitimadora, encargada de proveer y articular tales ideologías, slogans y consignas.
No hace falta
evocar a Gramsci para comprender el mecanismo.
Las
capas marginales de esta la sociedad –aquello que los americanos denominan
underclass- constituyen el cliente
cautivo de la Clase Política, y el empeño de ésta consiste en aumentar
progresivamente su número, en camino hacia una sociedad totalmente
administrada, reconozca o no su
categorización como socialista.
Cada
miembro de los estratos medios que se convierte en un “Estado-dependiente” es
un peldaño en la consolidación de dicho plan
Al
margen de esta simbiosis quedan, progresivamente agredidas y limitadas en sus
oportunidades de expansión, hechas Sandwich por las anteriores, toda la
variedad de las Clases Medias Productivas:
Empresarios
de sectores per se competitivos,
productores agropecuarios, profesionales, técnicos, generadores de bienes, de
servicios y de conocimiento con
capacidad exportadora, etc.
¿Y
el establishment?
se preguntarán algunos.
¿Cuál
resulta el papel de aquellos que serían –según cierta vulgarización
periodística- “los dueños de la Argentina”?
Creemos
que bastante limitado.
El
carácter prebendarlo de la mayoría de las fuentes de su poder les quita
iniciativa estratégica y, por ello, limita su relevancia desde la perspectiva
de la Macro política.
INSTRUMENTOS DE
SUBORDINACION
Los
instrumentos de la subordinación vigentes son claros:
El
impuesto y el subsidio.
El
primero cumple un doble papel:
Por un lado
disciplinar a los sectores que pudieran intentar su propia vía hacia la
movilidad social ascendente, y, por otro, alimentar al segundo.
Este último
refuerza el carácter clientelar de la underclass, convirtiéndola en aliada
objetiva de sus propios dominadores.
Pero ya los
clásicos sabían que la corrupción y quiebra final de los regímenes políticos se
produce por el abuso de su propio principio generador.
En
el caso que analizamos, la continua exacción de los productores por los
políticos tiene límites.
Ni
el impuesto ni el subsidio pueden crecer indefinidamente.
Un
comentarista apuntó hace algunas semanas que al actual oficialismo “le
votó en contra el 85 % del PBI”.
Aseveración
incomprobable pero significativa, en cuanto pretende revelar numéricamente la
desafección del grueso de los productores más competitivos hacia la fracción
dominante de la Clase Política.
Es prematuro
intentar anticipar qué caminos concretos tomará dicha desafección.
Desde
una paralización judicial del expansionismo tributario –no imposible pero
improbable- hasta la rebelión fiscal propiamente dicha, pasando por la que
sería más conveniente para la República, es
decir la asunción del reclamo vigente por parte de secciones significativas
–quizás victoriosas- de la Clase Política.
Esto
aún no resulta visible en el horizonte próximo.
Conviene,
en cualquier caso, recordar que Robin Hood no se hizo famoso por quitarle a los
ricos para distribuir entre los pobres, sino por sublevarse contra los impuestos
arbitrarios…
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