Más
allá de gestos y lágrimas, Michelle Bachelet eligió un lado en su visita a
Venezuela, y no fue el que beneficia a los venezolanos
Por
Héctor Schamis
No
importa la solidaridad que dicen haber visto en ella, ni tampoco los abrazos
cálidos que se observan en las fotos.
Ni
siquiera tienen valor cuántas lágrimas haya derramado al escuchar esos trágicos
relatos.
Menos
aún importa su historia personal, el hecho que su propio padre hubiera muerto
en cautiverio bajo la tortura del régimen de Pinochet.
Eso
tampoco garantiza una genuina empatía, bien podría ser el origen de lo opuesto.
De hecho, de eso
se trata la negación como mecanismo de defensa.
Justamente,
produce seres fríos, distantes, impenetrables por dentro más allá de sus ojos
llorosos.
Tal
vez sea su caso, pero tampoco es relevante.
Pues
no estuvo allí para mostrar su propia humanidad sino para reparar la de las
víctimas y sus familiares.
La señora
Bachelet visitó Venezuela en su carácter de Alta Comisionada de Derechos
Humanos del sistema de Naciones Unidas.
Y reparar no es cuestión de congoja, es cuestión de acciones, decisiones,
hechos políticos.
Ella
lo sabe.
La
angustia solo tiene valor si es consistente con lo que queda después de su
partida, con lo que comunica al concluir su visita.
Es que lo que
dejó es solo la legitimación de Nicolás Maduro, así de simple.
Dignificó un
cargo mal habido, producto de una elección fraudulenta rechazada por medio
planeta.
Se
refirió a encuentros con el «Presidente Nicolás Maduro Moros», y varios
ministros de Gobierno y otros altos cargos, incluyendo el Canciller, el
Ministro de Defensa y el del Interior, la
mayoría de ellos denunciados no solo por crímenes de lesa humanidad sino
también por narcotráfico, lavado y crímenes conexos. Además de usurpación.
Nótese
su propia redacción:
«También mantuve
reuniones con al Presidente del Tribunal Supremo, el Fiscal General y el
Defensor del Pueblo. De igual manera, sostuve una reunión con el Presidente de
la Asamblea Nacional, Juan Guaidó, y otros parlamentarios de distintos partidos
políticos, así como con el presidente de la Asamblea Nacional Constituyente».
No
pudo haber sido más sincera.
En una sola
oración apuntala a la dictadura, legitima instituciones totalitarias, exonera criminales y devalúa la Presidencia
Interina de Juan Guaidó, la desconoce.
Ahora
sabemos para qué fue a Venezuela la Alta Comisionada.
No
engaña su relato almibarado de los testimonios de algunas víctimas, ella misma
suprime el valor de esas denuncias cuando dice:
«Tenemos
el compromiso expreso del Gobierno para llevar a cabo una evaluación de la
Comisión Nacional para la Prevención de la Tortura y para determinar los
principales obstáculos en el acceso a la justicia en el país».
Aquí
la ayudo en su tarea: los torturadores—que son del «Gobierno»—jamás se evalúan
a sí mismos.
El principal
obstáculo en el acceso a la justicia es un régimen que está en el poder desde
hace veinte años y que ha hecho del Poder Judicial su escribanía, una rama del
Estado que nunca emitió una sentencia en su contra y que tiene como juez
supremo de la nación a un ex convicto.
La
señora Bachelet no puede pretender que la historia comience con ella.
A
diferencia de Luis Almagro, la CIDH, el anterior Alto Comisionado de Naciones
Unidas, Zeid Ra’ad Al Hussein, y cualquier ONG de Derechos Humanos creíble, a
ella el régimen sí la invita para que precisamente empiece de cero, por eso
promete un nuevo informe, «completo», para el 5 de julio.
No
siga perdiendo el tiempo, señora Bachelet…
Informes
tenemos.
La
OEA produjo varios, las organizaciones de la sociedad civil en Venezuela igual
y otro tanto su propia oficina antes de su llegada, el 22 de junio de 2018.
Nótese el título del mismo:
«Violaciones de
los derechos humanos en la República Bolivariana de Venezuela:
Una espiral
descendente que no parece tener fin».
Úselo,
cópielo, plágielo, señora Bachelet, allí tiene la evaluación que necesita.
Anuncia
que dejará dos funcionarios de su oficina en Caracas para continuar
monitoreando la situación.
¿Tendrán
libre acceso a las cárceles, a los centros de tortura, a los hospitales, a los
centros de distribución de comida, a las trochas en la frontera?
¿Podrán
hablar con periodistas, diputados, profesores, médicos, líderes de la sociedad
civil, migrantes?
La Alta
Comisionada tiene la obligación de especificar esos detalles.
Preocupa
a la señora Bachelet que las sanciones impuestas por Estados Unidos sobre las
exportaciones de petróleo y el comercio de oro «están exacerbando y agravando la preexistente crisis económica».
Con ello
contribuye al relato oficial, a
la burda y exagerada simplificación que dice que la tragedia humanitaria es
responsabilidad de Estados Unidos.
Es falso, todo estudio
serio confirma que las sanciones explican una minúscula fracción de la crisis
humanitaria y que el grueso del comercio de oro ni siquiera pasa por el Estado.
Es
decir, es robado por los colectivos, los planes y el ELN bajo protección del
«Gobierno» en cuestión.
La Alta
Comisionada debe remitir los testimonios escuchados a la Corte Penal
Internacional en La Haya.
Menciona
torturas, un crimen de lesa humanidad.
En
La Haya hay un dossier abierto con los nombres de la mayoría de los
funcionarios del régimen que ella misma vio.
Existen
denuncias de organizaciones y de países—Argentina, Canadá, Chile, Colombia,
Paraguay y Perú—sobre la base de dos
informes que urgen a la Corte Penal a intervenir, uno de la OEA, con fecha 31
de mayo de 2018, y el otro de su propia oficina mencionado anteriormente.
Utilizó
el viejo lenguaje de dos partes en conflicto, equiparándolas de manera
automática.
Omite así que una de esas partes controla el aparato del
Estado y los medios de la coerción, incluyendo la represión ilegal.
La
otra parte solo representa el descontento de la sociedad, y ello de manera
intermitente.
Decepcionante,
por decir lo menos:
El viaje de Michelle Bachelet a Venezuela legitima la dictadura, o sea, normaliza el horror.
El viaje de Michelle Bachelet a Venezuela legitima la dictadura, o sea, normaliza el horror.
Uno
ya casi puede imaginar a Maduro celebrando como es habitual en él, con su danza
macabra

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