-Como
dice María Elena Walsh de los ejecutivos, "del sillón al avión"...
AF:
Es cierto. Como el poder te aleja, hablar con gente que piensa es muy útil.
Pero eso no se dio con Carta Abierta; no fue el tábano en la oreja.
A
veces los intelectuales son como esos señores que están en la platea y viven
insultando a los jugadores.
Y
desde la cancha ellos piensan "¿por qué ese gordo no viene acá y patea
él"?
-Pero
no olvidemos al que está en la popular, que se banca los codazos, que llega
cansado...
AF:
Es cierto. Está bien su reflexión.
-¿En
qué momento se siente la presión de los empresarios? ¿Usted lo podía
identificar?
AF:
Siempre. Porque se gobiernan intereses en pugna.
No
todos quieren el mismo país.
Cuando
se le pide a un empresario que pague un poco más de "ganancias" para
redistribuir, te dicen que no.
Y
te hablan de redistribuir el ingreso de otro modo.
Tampoco
los trabajadores aceptan tan fácil resignar una cuota de poder.
-Pensemos
en un presidente como Lula, que oficia de "director de orquesta"
entre intereses. En Brasil hay inversiones, los empresarios avanzan, los
trabajadores reciben parte de ese funcionamiento y hay una política de
"hambre cero".
AF:
Recuerdo haberle regalado a Cristina un libro que se llama En torno a lo
político, que escribió Chantal Muf.
Ese
libro plantea que la política es representación de intereses:
De
intereses contrapuestos.
Pero
una vez en el poder uno no gobierna para el que lo votó:
Gobierna
para todos.
Ese
es Lula.
A
Lula lo vamos a extrañar todos; no sólo los brasileños.
-Claro
que ellos vienen de Cardoso, que tampoco era una pavada. ¿Por qué Brasil puede
y nosotros no?
AF:
Brasil, ni con Cardoso ni con Sarney generó una crisis de la magnitud de la
nuestra.
Brasil
nunca tuvo una política de deterioro de la industria nacional.
En
realidad, hace un culto del empresariado nacional.
-En
la Argentina, el éxito económico está mal visto. En Brasil no.
AF:
En el año ´89, cuando llegó Menem, el presidente de la Unión Industrial era el
dueño de Terrabusi, que lo primero que hizo fue vender la empresa nacional a
una empresa extranjera.
Cuando
llegó Duhalde, el presidente de la UIA era De Mendiguren, un señor con una
empresa textil importante que la vendió a un fondo de inversión.
Los
empresarios argentinos están mucho más atentos a los resultados financieros que
a los resultados productivos.

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