"De Argentina para el mundo..."

A poco de ganar las elecciones por el 54%, sugerí que debíamos Ver venir la administración de la presidente.

Lamentablemente, somos muchos los ciudadanos (no habitantes) quienes notamos que estamos y vamos mal…

¿Hacia dónde nos dirige la presidente de todos los argentinos…?

El pueblo quiere saber

...
Ver venir


Caricatura de Alfredo Sabat

sábado, 15 de abril de 2017

EL enemigo del alma

Reeditando notas (24/05/2007)
Por Abel Posse
Para LA NACION

Si uno se atiene a las últimas semanas de vida argentina (es una forma de decir) parecería que nos desmoronáramos, no "de un grito, sino de un largo gemido", como dice el verso de T. S. Eliot.

No es un tsunami:
Es una incontenible inundación de aguas servidas.
Después de lo de 2001, no pensábamos en una tan rápida recaída en el olor acre del nihilismo y de la anarquía.
El hartazgo de Santa Cruz -en tránsito letal, como de avispas enfurecidas-,
la idiotez futbolera transformada en catarsis de odios y resentimientos de masas angustiadas,
la delincuencia y el crimen multiplicándose por causa de la inoperancia de un gobierno que prefiere
amarrar al policía y dejar actuar al delincuente.
Caída educativa y cultural, los rectores escondiéndose en el campo entre vacas y sembradíos para votarse.
Para colmo, por las noches, el cardumen de bufones rientes con sus gritos y zafadurías interminables
o el grupo de jóvenes gandules de uno y otro sexo tirados por los rincones de una casa lujosa,
tan vacía como las mentes de sus habitantes, alquilados para el voyeurismo televisivo.
El voyeurismo de la nada.

En Constitución, todo un pueblo de regresantes se encontró otra vez con esas huelgas salvajes inventadas contra los más necesitados.
La furia cundió.
La indignación es contagiosa
El aullido se hizo coro.
La fiesta destructiva es una satisfacción breve y una especie de suicidio que empieza por las cosas.
Se destruyó, se apedreó a la autoridad, que debió refugiarse.
Si la policía es una especie de símbolo del mal, como el Ejército,
¿a quién se van a arrojar las piedras y los insultos?
Los que se ejercitan en insurrección alcanzaron a destruir boleterías, máquinas automáticas y probar sus molotov-coca cola con algún éxito incendiario.

El desahogo fue breve como un orgasmo de odio.
Retornó un silencio resignado.
Un manchón triste, de miles de personas, se derramó por la noche fría con fondo de fuegos fatuos.
Dejaban inusable el indispensable instrumento de tortura cotidiana, el andén y los vagones como para el
holocausto.
Los policías se recomponían de la golpiza, pero no de la impotencia de no poder mantener el orden ni defender la propiedad pública, ni impedir la humillación.
Y esos miles en las colas de los colectivos, con paquetes, con hijos callados que presentían la desesperación, la indignación.
Eran como un ejército derrotado en una misteriosa guerra civil.
Se llegaría a la casa dos o tres horas después, se besaría al niño ya dormido en su cuna, se comería la cena recalentada.

Se vive mal en la Argentina.
Somos como extranjeros entre nosotros…
Hasta parecemos de galaxias distintas.
Nuestra fatalidad no encuentra su diagnóstico.
Reiteramos desastres inimaginables.
Una indiferencia acristiana nos corroe.
Vivimos una indiferencia de Estado, una indiferencia estructural.
Buenos Aires es una colmena enloquecida, como si las abejas hubieran perdido los códigos genéticos que llevan del caos al orden.

Nos sub desarrollamos tal vez con más rapidez que la que empleamos para salir del desierto y ser el país más avanzado y posibilitador de vida de América Latina.
De 1880 a 1910 nos consagramos como nación moderna:
Fueron los 30 años fundacionales.
A partir de 1986, en 15 años logramos tener más de un 50 por ciento de pobres e indigentes 
y provocamos la mayor quiebra del siglo XX.

Del país más vital -recordemos nuestra infancia, el colegio, el progreso educativo- a un curioso crecimiento con subdesarrollo y sin paz social.
Nos parece una leyenda que hasta hace pocos años los trenes a La Plata sirvieran desayuno y comidas.
Que los vagones tuvieran cristales biselados y el inspector, con gorra de coronel húngaro, recorriera "la formación" (como dice la cursilería actual) y multara al que fumaba en el vagón de no fumadores.
Un poco más y extrañaremos el tiempo en que los aviones no se caían...

Un enconado e indetectable enemigo del alma nos impide instalarnos en la normalidad que alcanzaron tantos otros pueblos con igual o menos capacidad.
Nuestra involución es velocísima.
Por suerte para el Gobierno, la gente perdió el reflejo democrático.
No asocian el poder del voto…
Su voto, con sus sufrimientos, sus postergaciones y sus esperanzas de progreso y cambio.
Hasta el punto de que el Gobierno se cree venerado y adorado por un porcentual estalinista.

Ojalá el pueblo crea en la única herramienta, el voto consciente, que es la esencia de la democracia.
El misterioso enemigo interior nos hace perder el sentido común.
Nos estamos volviendo un país disparatado.
Así como surgimos del desierto en treinta años de voluntad y talento coordinado, ahora nos sub desarrollamos con parecida celeridad.

Ante el mundo ya somos más el prestigio por lo que fuimos que por lo que somos.
Y, ante nosotros mismos, debemos de ser el único pueblo que siente el futuro a sus espaldas.
Estamos como paralizados y enmudecidos ante el futuro.
Es como si hubiéramos perdido el libreto del tercer acto.

La energía, aquella energía de sociedad organizada ahora se derrama en violencia, desde la cancha hasta la universidad.
El virus indetectable nos corroe, nos frena.
Nos transforma en baldados políticos.
Somos incapaces de coordinar los dones y las fuerzas.
Entramos en este siglo como pollos mojados.
Sin entusiasmo renovador, perplejos, auto descalificados.
En el umbral del 1900 fue todo lo contrario.
Se nos había ocurrido nacer y ser.
Ser grandes.
El país cobró el impulso que lo lanzaría hacia adelante.
Un afirmativo sentido de patria terminó unificando en el éxito a figuras tan disímiles como Mitre, Sarmiento, Roca, Pellegrini, Yrigoyen, Alvear, Justo, Perón, Frondizi.

Hoy andamos perdidos.
Perdimos hasta esa insolencia creadora que nos hizo ser sin pedir permiso al mundo.

¿Se termina esa Argentina?
¿Se nos cayó el alma a los pies?
¿Fuimos una llamarada que duró un siglo y que ya se extingue?

Sabemos que los pueblos no desaparecen, pero muchas veces caen de su altura y sobreviven tristemente.
Urge reconquistar aquel viento creador, dejar de ser este pueblo sin pasión, sin horizontes grandes,
sin coraje, que concede el gatillo fácil al delincuente e inhibe al policía.

Debemos convocarnos y convocar a los jóvenes a habitar esta maravillosa máquina de vida que se llama Argentina y que tenemos arrumbada en el gallinero.

En octubre podremos votar por esencias democráticas:
Por la república, por el orden, por la vida, por reconquistar la alegría de vivir sin paranoia e histeria,
contra la patanería y la corrupción.

Es probable que el demonio interior pueda insistir.
Pero no hay otra posibilidad que restablecer el principio de autoridad, desde la familia y el colegio hasta la burocracia y la actividad privada.
La calle no puede ser tierra de nadie donde se imponen el delincuente
el piquetero que prefiere creer que "la protesta" da derecho a todo…
Hasta a la intimidación, el escrache y la suspensión del derecho constitucional de transitar libremente.

Ya termina el mandato presidencial.
El Presidente se empachó de autoridad y la sociedad hoy está anarquizada,
porque ni siquiera puede corregir a los chicos para que no negocien droga a la puerta de los colegios.

Los argentinos hemos perdido el sentido del orden.
Descendimos a un conglomerado marginal que debe reconquistar el orden moral, jurídico y creativo que fue la clave de la pasada grandeza de este país.
Es una batalla profunda, difícil, que se debe librar con todas las fuerzas espirituales que nos quedan.

Apoyemos en esta instancia política electoral a ese puñado de dirigentes que pretenden reconstruir la república burlada que vivimos.
Diez o doce dirigentes que aportan eficiencia, una dimensión moral en un espacio político de tahúres, experiencia probada de gobierno ante una incapacidad de gestión insólita y, por sobre todo, reconstruir y respetar un Estado de Derecho.

El viento económico mundial todavía nos lleva.

¿Qué mayor convocatoria para una generación caída en la melancolía y la negatividad que lanzarse a rescatar este país que cayó por debajo de sus realizaciones, de su alegría vital y de su confianza imprescindible?


Citémonos los argentinos para una patriada renacentista.

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