Elena Valero Narváez
La
economía necesita la tranquilidad, al menos, de que el gobierno constitucional
no esté en juego.
Se
nos dice que los pueblos no están en estado de usar de instituciones tan
perfectas.
“Si
hubiésemos de juzgar por ciertos hechos de la República Argentina diríamos que
esos pueblos no están preparados sino para degollar, robar, haraganear,
desbastar y destruir".
Se
aproximan las elecciones y el panorama sigue provocando incertidumbre.
La
sola idea de que en el Congreso se fortalezca una oposición anti república democrática
y llegue al Ejecutivo Cristina Kirchner, o alguno de sus adláteres, preocupa.
Tiene
explicación, aunque muchos no lo entiendan, que haya un sector importante en el
país que pretenda volver a lo anterior, a un presidente con pretensiones de
monarca.
Nos
gusta creer en brujas, desde aceptar religiones que nos aseguran que no
moriremos, hasta filosofías políticas que nos aseguran una sociedad
maravillosa. Este fenómeno es universal, sucede en el mundo entero, como
podemos observarlo, diariamente, a través de las noticias.
Por
ser así sufrimos regímenes totalitarios o autoritarios, aplaudidos hasta por
premios Nobeles.
Basta
recordar las visitas que recibió la Unión Soviética de reconocidos
intelectuales, ciegos a la muerte de miles de personas en los campos de
concentración soviéticos.
MIEDO A LA
LIBERTAD
En
Argentina hay mucha gente fatigada, que pretende -es humano- que sus decisiones
sean tomadas por alguien más fuerte que comparta sus intereses y que sea más
sabio que ellos mismos.
Desean,
por encima de todo, ser liberados de todo miedo y el mayor de ellos, es el
miedo a la libertad.
La
mayoría la desecha porque implica asumir la responsabilidad de nuestras vidas,
implica enfrentarse a decisiones difíciles y sufrir sus posibles malas
consecuencias.
Hay
algo infantil en el ser humano que incentiva a evitar cargar el peso de los
problemas sobre los hombros.
Por
lo general, se prefiere, en vez de libertad, la seguridad que ofrecen los pontífices de la mentira.
Así
es, como muchos argentinos descreen de las ventajas de la República, votarán por políticos que ya, en
campaña, dicen que no respetarán la
Constitución o el poder judicial por ser instituciones obsoletas, del siglo
XIX, prometiendo, en vez, la panacea, el justo reparto de la riqueza, saqueando
al rico para darle al pobre, base del populismo.
Pagan
el precio de la libertad por la pretendida seguridad.
Es
un alto precio, nadie lo hace con gusto y por suerte, hay muchos que no lo
pagarían ni en broma.
El
amor a la Patria, que con tanto descuido definen algunos políticos, es cuidar
de las personas, permitir que desarrollen sus posibilidades vitales y crezcan,
considerar la igualdad de la persona en su dignidad ética y otras diferencias
de la vida.
Es el respeto al
trabajo y a la libre elección de los habitantes para ejercer el derecho al
propio destino.
El
hombre moderno no se satisface con lo convencional, quiere explorar nuevos
territorios de la realidad, en la vida no está todo hecho, por eso vivir es
todo un desafío que algunos lo evitan drogándose para evadirse, o no
ocupándose, dejando las decisiones en manos de otros.
Los
argentinos deberían dejar atrás la fatiga que producen las circunstancias de
crisis, involucrarse para que no reviva el autoritarismo, buscar con entusiasmo
las soluciones posibles, elaborando preguntas adecuadas para solucionar los
problemas que les preocupan, sin esperar que venga un Mesías que lo pueda todo
a gobernar, con la esperanza de que los salve de la noche a la mañana.
Conviene,
antes de entregar la dirección de nuestra vida a un posible tirano, repasar la
historia y sus testimonios.
Lenin, Stalin,
Hitler, Mussolini, Castro, Perón y tantos otros, olvidaron que la
sociedad es un fenómeno espontáneo, no una organización a la que se la maneja y
organiza a piacere, desde el Estado.
En
vez de creer ciegamente en quienes gobiernan, deberían dar valor a la
legitimidad que representa nuestro sistema institucional, conformado según el
de la Constitución norteamericana,
donde se reconoce la facultad judicial de no aceptar ninguna ley contraria a la
Constitución, a la cual se deben subordinar todas las leyes.
Si
se cambia por motivos políticos, sin necesidad, existe la posibilidad cierta,
de conmoción y cambio en las instituciones y, con ello, la del autoritarismo.
DELIRANTES
La
opción Fernández-Fernández, la fórmula que delira, convendría ser desechada por
quienes desean vivir en un ambiente republicano y democrático, e involucrarse
explicando los riesgos que representa, para evitarlo.
Decir que se
gobernará sin el poder judicial es asegurar que se terminará con el intérprete
y guardián de la Constitución y su supremacía.
El
motivo principal de la desunión de los argentinos, para Sarmiento, fue por la
"influencia que, en cada localidad, ejercen los hombres sin principios y
sin virtud, que alcanzan el poder".
Creyó,
por ello, que el progreso se obtendría no con políticas sino con instituciones.
Necesitamos
la tranquilidad, al menos, de que el gobierno constitucional, con poderes
limitados, frenos y contrapesos, no estén en juego.
La
fatiga de los argentinos no debiera hacer que bajaran los brazos permitiendo
que los derechos individuales y la libertad sean conculcados por pretendientes
a un trono…

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