Por
Marcelo Gioffré
Desde
que Cristina designó a Alberto Fernández para ser su candidato a presidente, y
bajó ella al escalón de vice, todos nos preguntamos, no sin un delta espeso de
suspicacias, ¿qué papel real jugaría cada uno en un eventual gobierno de esta
dupla?
La
hipótesis de que Alberto Fernández tendrá el poder real con una Cristina
apaciguada y serena, tocando la campanita en el Senado, es tan absurdamente
ilusoria como pensar que una persona adulta puede cambiar de personalidad.
El
liderazgo, que es de Cristina, exige sumisión.
Descartado
Alberto, entonces, como gobernante efectivo, habría que preguntarse si es
verdad que las condiciones en que está el país hacen completamente inviable
cualquier política populista.
Al
llegar Carlos Menem al poder, en 1989, trató de aplicar el clásico modelo
peronista:
Un Estado que
arbitra entre las fuerzas del capital y el trabajo.
Otorgó
el Ministerio de Economía al Grupo Bunge y Born, y el Ministerio de Trabajo, a
los sindicalistas, con un Presidente que arbitraría los conflictos.
Pero
el Estado ya no tenía el espesor que requiere ese modelo:
Se precipitó en
la hiperinflación y en el caos, del que solo logró salir, en 1991,
gracias a la audacia de pasar lisa y llanamente a un modelo neoliberal.
Esto nos
llevaría a pensar que los gobiernos no hacen lo que quieren sino lo que pueden.
Y
en tal contexto, ¿no es acaso cierto que para hacer populismo hay que tener un
stock inicial de capital para repartir?
Esta
interpretación olvida completamente que cuando los populistas no tienen qué
repartir, eligen un sector aventajado de la sociedad, lo satanizan y luego le arrebatan su patrimonio.
Cuando
se acabó la soja, incautaron las AFJP, YPF y los depósitos del Banco Central,
huyeron hacia adelante.
Ni
hablar de las expropiaciones de Hugo Chávez.
Adolf Hitler,
para hacer populismo bélico, se quedó con empresas de la comunidad judía de un
plumazo.
Algunos
sostienen que estas maniobras serían imposibles, porque, de ponerse en
práctica, generarían tal espantada de
capitales que la Argentina debería implantar un régimen de terror y clausurar
las fronteras, una suerte de corralito a los capitales, que no entraría ni
un nuevo dólar, que se cerraría totalmente el crédito y que sería la antesala de la hiperinflación y el default.
Pero
otros entienden que, como el autoritarismo populista es una enfermedad
incurable, Cristina y los cruzados de La Cámpora, más temprano que tarde,
echarán mano a esas recetas alocadas, apropiándose
—luego de una pertinente demonización— de
todos los patrimonios del blanqueo y de empresas previamente acusadas de anti patria,
y si es necesario aplicarán autoritarismo y represión.
De
no ser ese el sesgo, ¿qué otra opción tendrían?
¿Acaso
derechizarse en lo práctico mientras se izquierdizan en lo retórico, como el
Perón del 52 al 55?
Pero
para practicar esa torsión teatral, ese
truco de prestidigitador, se necesita ser Perón.
En
cualquiera de los casos, ya sea el retorno al populismo autoritario o bien el
gambito del doble estándar, acecha el conflicto, con una feroz disputa entre
arrebatadores intentando nuevos negociados:
Vaca Muerta, el
litio y las empresas o capitales que puedan incautar serán el botín de guerra.
Hasta
el último Perón, el del 73, el león herbívoro que creyó que podía volver a
hacer peronismo, con José Ber Gelbard en Economía y el sindicalista Ricardo
Otero en Trabajo, rápidamente cayó en el caos de la inflación, las luchas
intestinas y la represión de la Triple A.
El
ejemplo de los tres kirchneristas cordobeses que abordaron a Mauricio Macri en
la puerta de la FIFA, con el pretexto de sacarse una foto, para luego
maltratarlo y satirizarlo, es la exacta
metáfora de esta etapa "vegana" de Cristina:
Esconde,
como en una suerte de caballo de Troya, todas las uñas afiladas del caníbal.
El mejor disfraz
del diablo es hacernos creer que no existe.
Los
argentinos hemos atravesado muchas crisis y hemos tropezado con muchas
desilusiones, tal vez empezamos a ser algo precavidos:
¿Se
necesita ser vidente para advertir que Alberto es un mero señuelo y que, detrás
de su talante adulón y cortés, asomaría un régimen autoritario y desquiciado?
…

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