Natalio
Botana
CLARIN
Vayamos
a lo elemental.
Como
en cualquier circunstancia de la vida, en la política nos envuelve el dictado
del tiempo.
Aquellos
que logren capturar estratégicamente el uso del tiempo pueden cantar victoria.
Los
perdedores quedan, en general, prisioneros de un pobre entendimiento de esa
vital dimensión.
En
estos días de septiembre, hay tres tiempos que se entrecruzan a cada momento:
El
tiempo corto de los mercados; el tiempo intermedio de los procesos electorales;
el tiempo largo
de la administración de Justicia.
Los
mercados, con sus operadores planetarios, emiten a diario sentencia y
pronóstico en un país sin moneda legítima que depende de un régimen fiscal
tambaleante.
Estos
movimientos, que han generado en el oficialismo una brusca modificación del
rumbo económico, descansan sobre una paradoja.
Mientras
en los hechos nuestra economía está dolarizada, en el plano de una dolarización
legal, mal que le pese al Wall Street Journal, dicha operación acarraría
enormes costos (reflexión atinada de economistas de peso).
Quizás
en el corto plazo la dolarización legal daría un respiro a la inflación.
Sin
embargo, ese respiro no aboliría las serias dificultades que sobrevendrían en
el mediano plazo.
Dadas estas
incógnitas, el choque entre dolarización sociológica y dolarización legal no
está para nada resuelto entre nosotros.
Es
un fenómeno de arrastre extraordinariamente pernicioso que solo un consenso
básico en esta materia, prolongado durante varios gobiernos, podría superar.
Después
de que se votó en las PASO del mes pasado, el tiempo corto de los mercados
ocupó casi enteramente la escena hasta que, debido al resultado imprevisto de
esas elecciones primarias, los actores afrontaron el dilema de hierro de
moderar la polarización.
A
regañadientes lo hicieron, aunque desde luego ello no haya impedido que la
lucha electoral prosiga con vistas al 27 de octubre.
La
pugna en cuestión se dirime en dos campos:
El
que opone oficialismo y peronismo y el que ya se insinúa dentro de ese
peronismo a primera vista unido.
Si
el oficialismo jugara el domingo próximo su penúltima carta para levantar
cabeza en los comicios provinciales de Mendoza (donde además, para acentuar las
diferencias, enfrenta a una candidata de La Cámpora), en el peronismo ya se perciben síntomas de tensión.
Esto
no solo se debe a los poderes sociales y territoriales que han sellado ese
pacto de unión, sino al dualismo que impera en la fórmula de los candidatos al
Poder Ejecutivo:
Dos
Fernández que, según juicios extremos, no tendrían mucho que ver salvo su
apellido.
¿Es
posible imaginar, en este sentido, una razonable convivencia entre estas dos
personalidades impuesta por la necesidad de conservar el poder ante una
inclemente coyuntura?
Estos
interrogantes están a la orden del día, sobre todo cuando el otro poder social
–el poder de la calle con sus respectivas internas– está reclamando su parte en
esta trama y los aparatos tradicionales del sindicalismo y de los gobernadores
también defienden el espacio que les correspondería.
Un
rompecabezas cruzado por ráfagas ideológicas que se disparan desde la sede del
kirchnerismo invocando reformas constitucionales,
un
nuevo orden o un contrato social para los años venideros (pobre Rousseau, ante estas tumultuarias propuestas).
Habrá
que ver cuál de estas tendencias prevalecerá, sola o en conjunción con otras.
De
todos modos, al igual que en otras etapas de su trayectoria, el peronismo
afronta de nuevo el desafío de la restauración de un pasado muy próximo que
feneció en 2015 o, de lo contrario, el reto que lo pone en el umbral de un
nuevo transformismo.
Por
cierto no está dicha la última palabra dado que se trata de un cálculo de
probabilidades sobre la base de los resultados de las PASO.
De
aquí, como venimos insistiendo, el crucial esfuerzo para obtener el mayor
equilibrio en el Congreso.
Por
encima de estas especulaciones electorales, se proyecta el gran tema de la impunidad y, concomitante con
ello, el asombroso tiempo largo con que la Justicia desempeña ese tercer poder
del Estado que le asigna la Constitución.
El tiempo largo
de los estrados judiciales, en relación con los casos de venalidad, cohecho y
asociaciones ilícitas entre ex gobernantes, empresarios y testaferros, es
uno de los resortes de la impunidad.
Durante
ese lapso extendido se manifiestan la lentitud de los procesos, los laberintos
que abren los sistemas procesales y el olfato con que la Justicia percibe los
cambios del humor político y el encumbramiento electoral de los que, por ahora,
están en el banquillo de los acusados.
El entrecruzamiento
del tiempo político con el tiempo judicial es tan visible que se hace difícil
pronosticar indultos o amnistías, cuando los juicios más resonantes
están aún en proceso sin sentencia firme.
Todo fluye diría
un antiguo filósofo, pero con exasperante demora.
Esta
es una de las claves que dan cuenta de otra paradoja.
Frente
a los casos políticos, la Justicia es
aparentemente débil y dócil.
No
obstante esa presunta debilidad le permite disponer de una reserva de poder
para investigar y llevar a juicio a los gobernantes que sucedieron a los que,
en estos días, circulan por sus salas.
De
esta manera se cierra el círculo de lo que podríamos calificar como un
canibalismo político benigno en virtud del cual los ex gobernantes –algunos protegidos por fueros parlamentarios–
soportan juicios prolongadísimos que suelen no concluir.
Por
decir lo menos, estamos pues frente a un cuadro inquietante:
La
gran crisis de la legitimidad política que, teñida de una violencia creciente
tuvo lugar entre 1930 y 1983, se ha
trasladado en nuestra democracia, de manera más circunscripta, a las
instituciones económicas y judiciales.
No
hay hacia ellas atribución de confianza colectiva ni creencias positivas en su
valor.
Nadie
podrá negar que se impone una gigantesca tarea de reconstrucción.
El
asunto es cómo hacerlo en un país donde siempre fallan los medios para alcanzar
fines deseables...

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