La crisis actual es producto del modelo puesto en ejecución por Néstor Kirchner y avalado, después de su muerte, por su mujer.
Ni más ni menos.
Esas dificultades no tendrán solución si la actual administración se empeña en negarlas.
Por Vicente Massot
Las dificultades con las que, luego de ocho años de vacas gordas, ha tropezado el gobierno son en buena medida responsabilidad de los funcionarios que asumieron en mayo de 2003 y desde entonces han dirigido los destinos del país sin rendirle cuentas de sus actos a nadie. Dicho sin vueltas: la crisis actual es producto del modelo puesto en ejecución por Néstor Kirchner y avalado, después de su muerte, por su mujer. Ni más ni menos.
Esas dificultades no tendrán solución si la actual administración se empeña en negarlas -como es el caso de la inflación- o si se las trata de corregir con arreglo a políticas que obran el efecto de tapar el síntoma pero no combatir sus causas. Con lo cual difícilmente en el corto plazo el flanco energético, cambiario e inflacionario que el gobierno tiene abiertos y no sabe cómo cerrar, desaparecerán de la escena.
¿Qué tan traumático puede resultar este panorama? Nadie está en condiciones de responder con seriedad pero eso no quita que sea pertinente tejer hipótesis e imaginar escenarios, cuidando de no incurrir en el defecto tremendista ni tampoco en su contrario, de ordinario tan de moda entre los apologistas del kirchnerismo, que parecen vivir en el país de las maravillas.
Por de pronto es conveniente insistir en el peso decisivo que tiene, entre nosotros, el bolsillo, la víscera más sensible al decir de alguien que conocía como pocos la idiosincrasia de los argentinos: Juan Domingo Perón. De lo que estamos hablando no es de la corrupción; de la venalidad de casi todos los jueces federales aposentados en los edificios de Comodoro Py; de la baja calidad institucional hallable en estas playas; de la inseguridad reinante o del deterioro de la educación secundaria. Problemas gravísimos, sin duda, pero que no alcanzan a todos los habitantes de la Nación y, por lo tanto, no tienen en términos electorales la misma incidencia que los de carácter económico. Hablamos del bolsillo; o -si se prefiere- del salario real que cobramos en la mano a fin de mes.
En tanto y en cuanto no entendamos que en la Argentina sólo la economía define los procesos electorales, tampoco estaremos en condiciones de esbozar un diagnóstico atenido a la realidad. Esto es así en razón de que en una sociedad tan asimétrica como la nuestra, tan desigual y a la vez tan difícil de descifrar, hay temas decisivos para el desarrollo -como los institucionales o los educacionales- que a sectores enteros de la población no les mueven un pelo. En cambio, en mayor o menos medida, la evolución del salario de bolsillo medido en correspondencia con la inflación interesa a todos porque beneficia o castiga al conjunto de ciudadanos según aquél supere a ésta o ésta a aquél.
Las economistas hablan de fundamentals que, por supuesto, tienen en cualquier sistema una importancia considerable, aunque no son los que mueven las preferencias de la mayoría de las personas. Los fundamentals que van a definir el panorama futuro, o sea, si la crisis termina estallando o, finalmente, se desinfla; si el gobierno tendrá necesidad de adelantar las elecciones legislativas, fijadas para octubre del año próximo; cómo llegarán los contendientes a esa lid electoral y con qué chances, y si la protesta social escalará o no en los meses restantes de 2012, son otros.
Por razones de economía de términos, de espacio y de claridad quedarán enunciados en clave telegráfica: 1) nivel de empleo; 2) posibilidad de la gente de acceder al crédito para comprar televisores, computadoras, hornos microondas, etc y, 3) comparación de salario real medido contra la inflación.
El grueso de los hombres y mujeres que vivimos aquí nos manejamos privilegiando los fundamentals arriba señalados. Mientras no caiga el nivel de empleo de manera considerable; haya crédito para compras que podrían definirse como populares, y el sueldo le saque ventajas -por mínimas que sean- a la inflación, el kirchnerismo llevará, como hasta ahora, las de ganar.
Cuando estas variables comiencen a cambiar se producirá un punto de inflexión -que puede o no ser definitivo- en el comportamiento electoral.
Claro que -salvo una catástrofe- procesos semejantes nunca se dan de un día para el otro. Las dificultades están a la vista y llegaron para quedarse pero eso no significa que, de la noche a la mañana, se desplome el nivel de empleo, desaparezca el crédito y la moneda sea fagocitada por la inflación. Hay que percibir las tendencias y no perder el tiempo en hacer predicciones respecto de cuándo puede estallar la crisis y desencadenarse el caos.
La deriva que tan favorable le resultó al oficialismo en estos años, ha comenzado a tomar otro rumbo. Si antes era legítimo preguntarse si la presidente y sus principales asesores eran concientes de la gravedad de la situación, ahora no caben dudas. De lo contrario Julio De Vido no se hubiera sincerado en la forma en que lo hizo -por escrito- en punto a la política energética y Guillermo Moreno no se hubiera convertido en un virtual dictador en términos de cuántos dólares podemos comprar, cuántos se pueden girar al exterior y qué bienes cabe importar.
Si hasta hace no mucho tiempo parecía que el gobierno trataba de tapar el cielo con un harnero, desde comienzos de año sabe perfectamente bien que el viento de cola no sopla huracanado; que los superávits gemelos son cosa del pasado y que el atraso cambiario es inocultable. También que la caja de dólares flaquea por donde se la mire y que las finanzas provinciales arden.
El kirchnerismo por más que vocee en público la existencia de un país que no existe -algo a lo cual está obligado por ser gobierno- ha tomado nota de los obstáculos que se interponen entre Cristina Fernández y su plan de máxima: la re-reelección.
Se ha dado cuenta de que, al acelerarse el deterioro de la economía, llegar a octubre de 2013 haciendo la plancha seria un suicidio. De modo que algo debe hacer. ¿Qué? -Conviene prestarle atención a lo que dicen dos funcionarios, Axel Kicillof y Guillermo Moreno. De la misma manera que Página 12, por la pluma de Horacio Verbitsky, y Miradas al Sur anticipan la dirección política, los dos funcionarios mencionados anticipan el derrotero económico.
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