"De Argentina para el mundo..."

A poco de ganar las elecciones por el 54%, sugerí que debíamos Ver venir la administración de la presidente.

Lamentablemente, somos muchos los ciudadanos (no habitantes) quienes notamos que estamos y vamos mal…

¿Hacia dónde nos dirige la presidente de todos los argentinos…?

El pueblo quiere saber

...
Ver venir


Caricatura de Alfredo Sabat

domingo, 21 de mayo de 2017

Tiempo de divorcio

Autor: John Cheever

Mi mujer tiene el pelo castaño, ojos oscuros y carácter bondadoso.
A veces pienso que este buen carácter es el responsable de que consienta a los niños.
Es incapaz de negarles nada.
Siempre saben cómo engatusarla.
Ethel y yo llevamos diez años casados.
Ambos somos de Morristown, Nueva Jersey, y ni siquiera puedo recordar cuándo la conocí.
Nuestro matrimonio me ha parecido siempre lleno de recursos, y feliz.
Vivimos en una casa sin ascensor, en una de las calles cincuenta del East Side.
Nuestro hijo Carl, de seis años, se educa en una buena escuela privada, y nuestra hija, que sólo tiene cuatro, no irá al colegio hasta el año que viene.

A menudo criticamos el modo en que nos educaron, pero al parecer nos esforzamos por criar a nuestros hijos conforme a las mismas pautas, y supongo que, a su debido tiempo, irán a los mismos centros y universidades a los que nosotros fuimos.
Ethel se graduó en una universidad femenina del Este, y luego cursó un año en la Universidad de Grenoble. Al volver de Francia trabajó durante un año en Nueva York, y después nos casamos.
En una ocasión colgó su diploma encima del fregadero de la cocina, pero la broma fue efímera, y no sé dónde está ahora el documento.
Ethel es alegre, amable, se adapta fácilmente a todo, y ambos procedemos de ese enorme estrato de la clase media que se distingue por su habilidad para recordar mejores tiempos.

El dinero perdido forma hasta tal punto parte de nuestra vida que a veces me recuerda a los expatriados, a un grupo que se ha acomodado con gran esfuerzo a unatierra extraña, pero que se acuerda, alguna que otra vez, de los perfiles de su costa nativa.
Como nuestra vida está limitada por mi modesto sueldo, resulta sencillo describir la existencia cotidiana de Ethel.
Se levanta a las siete y pone la radio.
Después de vestirse, despierta a los niños y prepara el desayuno.
A las ocho en punto hay que llevar al niño a la parada del autobús de la escuela.
Una vez de vuelta, Ethel peina a Carol.
Yo salgo de casa a las ocho y media, pero sé que cada uno de sus movimientos a lo largo de toda la jornada está determinado por las tareas domésticas: cocinar, ir de compras y atender a los niños.
Sé que los martes y los jueves, desde las once hasta el mediodía, estará en los almacenes A & P, sé que de tres a cinco, los días que hace bueno, se sienta en tal banco de tal parque, que hace la limpieza de la casa los lunes, los miércoles y los viernes, y que abrillanta la plata cuando llueve.
Cuando vuelvo, a las seis, normalmente está lavando las verduras o preparando algo para la cena.
A continuación, cuando los niños ya han cenado y se han bañado, cuando la cena está lista y los platos en la mesa del cuarto de estar, se queda parada en medio de la habitación como si hubiese perdido u olvidado algo, y ese momento de reflexión es tan profundo que no me oye si le hablo o si los niños llaman.

El momento pasa.
Enciende las cuatro velas blancas en los candeleros de plata y nos sentamos a cenar un picadillo de ternera o algún otro plato sencillo.
Salimos una o dos veces por semana, y recibimos visitas, por lo general, una vez al mes.
Por razones prácticas, la mayoría de la gente que vemos reside en el vecindario.
Vamos con frecuencia a las fiestas que organiza una generosa pareja que se apellida Newsome y vive a la vuelta de la esquina.
Son reuniones tumultuosas y espléndidas, y en ellas se da libre curso a los arbitrarios impulsos de la amistad.

Una noche, en casa de los Newsome, por motivos que nunca he entendido, intimamos con una pareja, el doctor Trencher y su esposa.
Creo que la señora Trencher fue el elemento activo en la formación de esta amistad, y después de aquel encuentro telefoneó a Ethel, tres o cuatro veces.
Fuimos a cenar a su casa y ellos vinieron a la nuestra, y algunas veces, de noche, cuando el doctor sacaba a su vieja perra salchicha de paseo, subía a hacernos una breve visita.
Parecía un hombre de trato agradable.
He oído a otros médicos decir que es un buen profesional.
Los Trencher rondan los treinta; por lo menos, él; ella es mayor.

Yo diría que es una mujer fea, pero su fealdad es difícil de especificar.
Es pequeña, tiene buen tipo y rasgos regulares, pero supongo que esa impresión de fealdad emana de cierta modestia interior, de una inmotivada falta de fe en sus posibilidades.
Su marido no bebe ni fuma, e ignoro si eso tiene algo que ver, pero su rostro delgado posee una tez fresca; tiene las mejillas rosadas, y sus ojos azules son claros e intensos.
Exhibe el singular optimismo de un médico muy experimentado:
El sentimiento de que la muerte es una desdicha fortuita y de que el mundo físico no pasa de ser un territorio por conquistar.
De la misma manera que su mujer parece fea, él da la impresión de ser joven.
El matrimonio vive en una casa individual, confortable y sencilla de nuestro vecindario.
La construcción es anticuada; los salones son amplios, el vestíbulo lúgubre, y ellos no parecen irradiar el suficiente calor humano para prestar vida a la vivienda, de suerte que a veces, al marcharnos al final de una velada, nos ha producido la impresión de ser un sitio con muchas habitaciones vacías.

La señora Trencher está visiblemente apegada a sus pertenencias —sus vestidos, sus joyas, los objetos que decoran su casa— y a Fräulein, la vieja perra salchicha.
Le da las sobras de la mesa furtivamente, como si no le estuviera permitido hacerlo y, después de comer, Fräulein se tiende a su lado en el sofá.
Con la luz verde del televisor proyectada en su rostro y sus delgadas manos acariciando a la perra, la señora Trencher me pareció una noche un ser desgraciado y de buen corazón.

Empezó a telefonear a Ethel por las mañanas, para hablar con ella o para proponerle un almuerzo o una matinée.
Ethel no puede salir durante el día, y asegura que le disgustan las conversaciones telefónicas largas.
Se quejó de que la señora Trencher era una agresiva e incansable chismosa.
Más adelante, el doctor Trencher apareció una tarde en el parque donde Ethel lleva a los niños.
Pasaba por allí, la vio y se sentó a su lado hasta que llegó la hora de volver con los niños a casa.
Regresó unos días después, y Ethel me dijo que a partir de entonces sus visitas al parque fueron frecuentes.

Ethel pensó que tal vez no tenía muchos pacientes, y que al estar desocupado le encantaba hablar con alguien.
Luego, una noche, cuando estábamos fregando, Ethel dijo pensativamente que la actitud del médico con respecto a ella se le antojaba extraña.
—Me mira fijamente —dijo—. Suspira y me mira fijamente.
Sé el aspecto que tiene mi mujer cuando va al parque de los niños.
Se pone un viejo abrigo de tweed, botas de goma, guantes del ejército y un pañuelo anudado bajo la barbilla.
El parque es una parcela con el suelo de losas y una cerca, entre las casas bajas y el río.
La imagen del doctor Trencher, bien vestido y sonrosado prendándose de Ethel en aquel entorno, no podía tomarse muy en serio.
Ella no me habló de él en varios días, y supuse que habían cesado las visitas.
A finales de mes fue el cumpleaños de Ethel y yo me olvidé de la fecha, pero al llegar a casa esa noche había cantidad de rosas en el cuarto de estar.
Regalo de Trencher, me explicó.
Me enfadé conmigo mismo por haber olvidado el día de su cumpleaños, y las rosas del médico me pusieron furioso.
Le pregunté si lo había visto recientemente.
—Oh, sí —contestó—, sigue viniendo a verme casi todas las tardes.
No te lo había dicho, ¿verdad?
Se me ha declarado.
Me quiere.
No puede vivir sin mí.
Caminaría por encima del fuego con tal de oír el sonido de mi voz.
—Se rió—.
--Eso me ha dicho.
—¿Cuándo?
—En el parque. Y al volver a casa. Ayer.
—¿Desde cuándo está interesado en ti?
—Eso es lo más curioso del asunto.
Desde antes de conocerme en casa de los Newsome aquella noche.
Me vio esperando el autobús unas tres semanas antes.
Dice que lo supo nada más verme, en aquel mismo instante.
Está loco, por supuesto.

Esa noche yo estaba cansado y preocupado por los impuestos y las facturas, y pensé que la declaración de Trencher era únicamente un cómico error.
Pensé que era un cautivo de compromisos económicos y sentimentales, como cualquier otra persona que lo pueda conocer, y que tenía las mismas posibilidades de enamorarse de una desconocida entrevista en una esquina que de darse un garbeo a pie por la Guayana francesa o de empezar una nueva vida en Chicago bajo un nombre supuesto.
Su declaración de amor, la escena acontecida en el parque, se me antojaba uno de esos encuentros casuales que forman parte de la vida de toda gran ciudad.
Un ciego te pide que lo ayudes a cruzar la calle, y cuando estás a punto de dejarlo, te agarra del brazo y te obsequia con un apasionado relato sobre la crueldad y la ingratitud de sus hijos;
o bien el ascensorista que te sube a una fiesta donde te esperan, se vuelve de repente hacia ti y te dice que su nieto tiene parálisis infantil.

La ciudad rebosa de revelaciones casuales, de gritos de socorro a media voz y de desconocidos que te lo cuentan todo a poco que les muestres la más leve simpatía, y Trencher no me pareció muy diferente del ciego o del ascensorista.
Su declaración no tenía en nuestra vida más importancia que las intromisiones que acabo de citar.

No hubo más conversaciones telefónicas con la señora Trencher y ya no íbamos a visitar al matrimonio, pero algunas veces en que yo llegaba tarde al trabajo me encontré con él por la mañana en la parada del autobús a la ciudad.
Parecía comprensiblemente incómodo cada vez que me veía, pero a aquella hora el autobús estaba siempre repleto, y no era muy difícil evitarnos el uno al otro.
Por esa misma época cometí un error financiero e hice perder varios miles de dólares a la empresa para la que trabajo.
No era muy probable que me despidieran, pero la posibilidad gravitaba siempre en el fondo de mi cerebro, y a causa de este trastorno y de la constante necesidad de ganar más dinero, quedó sepultado el recuerdo del excéntrico médico.
Transcurrieron tres semanas sin que Ethel lo mencionara, pero una noche en que yo estaba leyendo advertí que ella, de pie junto a la ventana, miraba a la calle.
—Está ahí, en serio —dijo.
—¿Quién?
—Trencher. Ven a ver.

Me acerqué a la ventana.
Sólo había tres personas en la acera opuesta.
Estaba oscuro y hubiese sido difícil reconocer a nadie, pero una silueta que caminaba hacia la esquina con un perro salchicha al extremo de una correa podía muy bien ser Trencher.
—Bueno, ¿y qué? —respondí—. Está paseando a la perra.
—Pero no era lo que estaba haciendo la primera vez que me he asomado a la ventana.
Estaba ahí parado mirando fijamente a la casa.
Eso dice él que hace. Dice que viene hasta aquí y mira fijamente nuestras ventanas iluminadas.
—¿Cuándo te ha dicho eso?
—En el parque.
—Creí que ibas a otro.
—Oh, sí, claro, pero él me sigue.
Está loco, cariño.
Sé que está loco, pero me da tanta pena.
Dice que se pasa noche tras noche mirando nuestras ventanas.
Dice que me ve en todas partes, mi nuca, mis cejas, que oye mi voz.
Dice que nunca ha actuado con medias tintas en su vida, y que esta vez tampoco va a hacerlo.
Me da tanta lástima, cariño.
No puedo evitarlo, me pone muy triste.

Entonces, por primera vez la situación me pareció seria, porque sabía que el desamparo del médico podría haber despertado una inestimable y obstinada pasión que Ethel comparte con ciertas mujeres:
La incapacidad de desoír toda petición de ayuda, de desdeñar una voz de acento lastimero.
No se trata de una pasión razonable, y casi hubiera preferido que lo deseara en lugar de compadecerlo.

Cuando esa noche nos disponíamos a acostarnos, sonó el teléfono; descolgué y dije «diga», pero nadie contestó.
Quince minutos después, el teléfono sonó de nuevo, y al no recibir respuesta empecé a gritar y a insultar virulentamente a Trencher, que no respondió —ni siquiera se oyó el clic que corta la comunicación—, y me hizo sentir estúpido.
Y como me sentía estúpido acusé a Ethel de haberle dado alas, de haberlo alentado...
Pero mis acusaciones no le hicieron mella, y al acabar de formularlas me sentí peor que antes, porque sabía que Ethel era inocente y que había tenido que salir a la calle para ir a la tienda y pasear a los niños, y que no existía ninguna ley que impidiese a Trencher esperarla en la tienda de ultramarinos, o que le prohibiera mirar fijamente las luces de nuestra casa.

La semana siguiente fuimos una noche a visitar a los Newsome, y en el momento de quitarnos los abrigos oí la voz de Trencher.
Se marchó unos minutos después de nuestra llegada, pero su comportamiento —la mirada triste que dedicó a Ethel, la manera de esquivarme, el modo pesaroso de negarse cuando los anfitriones le pidieron que se quedara más tiempo y las galantes atenciones que mostró con su desdichada esposa— me puso furioso. Entonces, por casualidad me fijé en Ethel, y advertí que se le habían subido los colores a la cara, que le brillaban los ojos, y que mientras ensalzaba los zapatos nuevos de la señora Newsome su mente estaba en otra parte.
Cuando volvimos a casa, la niñera nos dijo, enfadada, que ninguno de los niños se había dormido.
Ethel les tomó la temperatura. Carol estaba bien, pero el niño tenía cuarenta grados de fiebre.
Esa noche no dormimos gran cosa, y Ethel me llamó por la mañana a la oficina para decirme que Carl tenía bronquitis.
Tres días después, la pescó la niña.
Durante las dos semanas que siguieron, los niños nos ocuparon la mayor parte del tiempo.
Debían tomar la medicina a las once de la noche y a las tres de la mañana, y en aquel período perdimos muchas horas de sueño.
Era imposible ventilar o limpiar la casa, y cuando yo llegaba desde la fría parada del autobús, aquello apestaba a tabaco y a jarabe para la tos, a corazones de frutas y lechos de enfermo.

Por todas partes había mantas y almohadas, ceniceros y vasos con medicamentos.
Dividimos con sensatez las fatigas de la enfermedad y nos turnamos para la vigilia nocturna, pero durante el día solía quedarme dormido encima de mi escritorio, y después de cenar Ethel se dormía con frecuencia en una silla del cuarto de estar.
Se supone que la diferencia existente entre niños y adultos en cuanto a la fatiga reside en que éstos la reconocen y no se sienten abrumados por algo que no aciertan a nombrar; pero, con nombre y todo, agobia a los adultos, y cuando estamos cansados no razonamos, nos ponemos irritables y somos víctimas de serias depresiones.
Una noche, superado ya lo peor de la enfermedad, entré en casa y vi unas rosas en la sala.
Ethel dijo que Trencher se las había llevado.
No lo había dejado entrar.
Le había cerrado la puerta en las narices.
Cogí las rosas y las tiré a la calle.
No nos peleamos.
Los niños se acostaron a las nueve, y pocos minutos después me fui a la cama.
Más tarde, algo me despertó.
Había luz en el vestíbulo. Me levanté.
La habitación de los niños y el cuarto de estar estaban a oscuras.
Encontré a Ethel en la cocina, sentada a la mesa y tomando café.
—Acabo de hacer café —dijo—. Carol se estaba ahogando otra vez y la he ayudado a hacer inhalaciones. Ya se han dormido los dos.
—¿Desde cuándo estás levantada?
—Desde las doce y media. ¿Qué hora es?
—Las dos.
Me serví una taza de café y me senté.
Ella se levantó, lavó su taza y se miró en el espejo que hay sobre el fregadero.
Era una noche de viento.
Un perro gemía en algún apartamento debajo del nuestro, y una antena de radio medio suelta golpeaba la ventana de la cocina.
—Hace el mismo ruido que una rama —dijo Ethel.
Bajo la cruda luz de la cocina, apropiada para pelar patatas y fregar platos, parecía muy cansada.
—¿Podrán salir mañana los niños?
—Oh, espero que sí —respondió—. ¿Te das cuenta de que hace más de dos semanas que no salgo de esta casa?
Hablaba con amargura, y eso me sobresaltó.
—No han sido dos semanas enteras.
—Más de dos semanas —dijo ella.
—Bueno, vamos a sacar la cuenta —dije—. Los niños enfermaron el sábado por la noche. El día cuatro. Hoy es…
—Calla, cállate —dijo—. Yo sé lo que ha durado. No me he puesto los zapatos durante dos semanas.
—Lo dices como si fuera algo terrible.
—Lo es. No me he puesto un vestido decente ni me he arreglado el pelo.
—Podría ser peor.
—Las cocineras de mi madre vivían mejor.
—Lo dudo.
—Las cocineras de mi madre vivían mejor —dijo alzando la voz.
—Vas a despertar a los niños.
—Las cocineras de mi madre vivían mejor que yo. Tenían habitaciones agradables. Nadie podía entrar en la cocina sin su permiso.
Tiró a la basura el resto del café y empezó a limpiar la cafetera.
—¿Cuánto tiempo ha estado aquí Trencher esta tarde?
—Un minuto. Ya te lo he dicho.
—No te creo. Entró.
—No. No lo dejé. No lo dejé entrar porque no estaba arreglada. No quise desalentarlo.
—¿Por qué no?
—No lo sé. Puede ser un imbécil. Puede que esté loco, pero las cosas que me ha dicho me hacen sentirme de maravilla. De maravilla.
—¿Quieres irte?
—¿Irme? ¿Adonde quieres que vaya? —Cogió el monedero que se guarda en la cocina para pagar la comida y contó dos dólares y treinta y cinco centavos—. ¿A Ossining? ¿A Montclair?
—Quiero decir irte con Trencher.
—No sé, no lo sé —dijo—, pero ¿quién puede decir que no debería hacerlo? ¿Qué daño haría eso? ¿Qué bien reportaría? Quién sabe. Quiero a los niños, pero no es suficiente, no es bastante. No quisiera hacerlos sufrir, pero ¿sufrirían mucho si te dejara? ¿Es terapéutico el divorcio? Y de todas esas cosas que mantienen unido a un matrimonio, ¿cuántas son buenas?
Se sentó a la mesa.
—En Grenoble —prosiguió—, escribí en francés un largo artículo sobre Carlos Estuardo. Un catedrático de la Universidad de Chicago me mandó una carta. Hoy día no podría leer un periódico francés sin diccionario, no tengo tiempo de leer ningún periódico, y me avergüenzo de mi incompetencia, me avergüenzo de mi aspecto. Oh, creo que te quiero, sé que quiero a los niños, pero también me quiero a mí misma, amo la vida, aún significa algo para mí, y aún me quedan cosas por hacer, y las rosas de Trencher me hacen pensar que me estoy perdiendo todo esto, que estoy perdiendo mi dignidad.
¿Sabes a lo que me refiero, comprendes lo que quiero decir?
—Está loco —dije.
—¿Sabes a lo que me refiero? ¿Entiendes lo que quiero decir?
—No —contesté—. No.
Carl se despertó entonces y llamó a su madre.
Dije a Ethel que se fuera a la cama.
Apagué la luz de la cocina y fui al dormitorio de los niños.

Los niños se sintieron mejor al día siguiente, y como era domingo los saqué a dar un paseo.
El sol de la tarde era benigno y puro, y sólo las sombras coloreadas me hicieron recordar que nos hallábamos en mitad del invierno, que los cruceros volvían al puerto de partida y que una semana más tarde los narcisos costarían veinticinco centavos el ramo.
Al descender por Lexington Avenue, oímos en el cielo un sonido semejante al tono bajo de un órgano de iglesia, y nosotros y los demás transeúntes alzamos la mirada con aturdimiento, como una devota y estúpida asamblea de fieles, y vimos una escuadrilla de bombarderos pesados que se dirigían hacia el mar.
A medida que avanzaba la tarde, el tiempo se hizo más frío, claro y apacible, y en la silenciosa atmósfera, el humo residual de las chimeneas a lo largo del East River parecía articular, de un modo tan legible como el avión de la Pepsi-Cola, palabras y frases enteras.
Calma. Desastre.
Resultaba difícil descifrarlas.
Se diría que era el reflujo del año —un mal día para la gastritis, la sinusitis, los trastornos respiratorios—, y al rememorar otros inviernos, los cambios de luz me persuadieron de que era tiempo de divorcio.
Fue una tarde larga, y antes de que oscureciera llevé a los niños a casa.

Creo que la solemnidad del día afectó a mis hijos, y una vez en casa estuvieron callados.
La seriedad del momento siguió aportándome la sensación de que aquel cambio, al igual que el fenómeno de la velocidad, afectaba a nuestros corazones tanto como a nuestros relojes.
Intenté recordar la buena voluntad con que Ethel había seguido a mi regimiento durante la guerra, de West Virginia a las dos Carolinas y a Oklahoma, y los autocares diurnos, y las habitaciones en las que había tenido que vivir, y la calle de San Francisco en la que le dije adiós antes de zarpar para el frente, pero no acerté a expresar nada de esto en palabras: ninguno de los dos encontró nada que decir.
Poco después de oscurecer, bañamos a los niños y los metimos en la cama, y nosotros nos sentamos a cenar.
Hacia las nueve llamaron al timbre; contesté yo y reconocí la voz de Trencher en el portero automático; le pedí que subiera.
Parecía enloquecido y exultante cuando apareció. Tropezó en el borde de la alfombra.
—Ya sé que aquí no soy bien recibido —dijo con voz recia, como si yo fuera sordo—. Ya sé que no le gusta verme aquí. Respeto sus sentimientos. Ésta es su casa. Respeto los sentimientos de un hombre con respecto a su hogar. No suelo ir a casa de un hombre a menos que éste me lo pida. Respeto su hogar. Respeto su matrimonio. Respeto a sus hijos. Creo que todo debe decirse abiertamente.
He venido aquí a decirle que quiero a su mujer.
—Váyase —dije.
—Tiene que escucharme. Quiero a su mujer. No puedo vivir sin ella. Lo he intentado y no puedo. Incluso he intentado marcharme a otro sitio, mudarme a la costa Oeste, pero sé que no serviría de nada. Quiero casarme con ella. No soy un romántico. Soy realista. Muy realista.
Sé que usted tiene dos hijos y que no dispone de mucho dinero.
Sé que hay problemas de tutela y bienes y cosas que resolver.
No soy un romántico.
Soy un hombre práctico.
He hablado de todo esto con mi mujer y está de acuerdo en concederme el divorcio.
Yo no juego sucio.
Su mujer puede decírselo.
Soy consciente de todos los aspectos prácticos que deben tenerse en cuenta: tutela, bienes y demás.
Tengo mucho dinero.
Puedo proporcionar a Ethel todo lo que necesite, pero están los niños.
Tienen que decidir al respecto entre ustedes.
He traído un cheque.
Está a nombre de Ethel.
Quiero que lo cobre y que se vaya a Nevada.
Soy un hombre práctico y sé que no puede decidirse nada hasta que obtenga el divorcio.
—¡Largo de aquí! —grité—. ¡Lárguese ahora mismo!

Se encaminó hacia la puerta.
Había un tiesto con geranios sobre la repisa de la chimenea, y se lo lancé a través de la habitación.
Le dio en los riñones y casi lo derribó.
El tiesto se rompió en el suelo.
Ethel gritó.
Trencher seguía avanzando hacia la puerta.
Fui tras él, cogí un candelabro y traté de golpearle en la cabeza, pero fallé el golpe y el candelabro rebotó en la pared.
 «¡Lárguese!», aullé, y él cerró de un portazo.

Volví al cuarto de estar.
Ethel estaba pálida pero no lloraba.
Hubo unos ruidosos golpecitos sobre el radiador, una señal de la gente de arriba pidiendo decoro y silencio, una llamada urgente y expresiva, como las comunicaciones que los reclusos entablan por medio de las cañerías de una cárcel. Luego volvió el silencio.
Nos fuimos a la cama y me desperté en algún momento de la noche.
No podía ver el reloj del aparador, así que ignoro qué hora sería.
No se oía nada en el cuarto de los niños.
El vecindario estaba perfectamente silencioso.
No había luces encendidas en ninguna ventana.
Entonces supe que Ethel me había despertado.
Yacía de costado en la cama.
Lloraba.
—¿Por qué lloras? —pregunté.
—¿Que por qué? —dijo—. ¿Por qué estoy llorando?
Oír mi voz y hablar le provocó un nuevo acceso, y se echó a sollozar con desespero.
Se incorporó, deslizó los brazos en las mangas de la bata y buscó a tientas un paquete de cigarrillos en la mesa. Vi su rostro mojado cuando encendió uno. La oí moverse en la oscuridad.
—¿Por qué lloras?
—¿Por qué lloro? ¿Por qué lloro? —preguntó, impacientemente—.
Lloro porque vi a una anciana abofetear a un niño en la Tercera Avenida.
Estaba borracha.
No puedo quitármelo de la cabeza.
Arrancó el edredón de los pies de la cama y caminó con él hacia la puerta.
—Lloro porque mi padre murió cuando yo tenía doce años y porque mi madre se casó con un hombre a quien yo detestaba o creía detestar.
Lloro porque tuve que ponerme un vestido espantoso, un vestido de segunda mano, para ir a una fiesta hace veinte años, y no me lo pasé bien.
Lloro por alguna crueldad que no consigo recordar.
Lloro porque estoy cansada; porque estoy cansada y no puedo dormir.
Oí que se acomodaba en el sofá, y a continuación todo quedó en silencio.

Me gustaría saber que los Trencher se han marchado lejos, pero sigo viéndolo a él alguna que otra vez en la parada del autobús, cuando llego tarde al trabajo.
También he visto a su mujer yendo a la biblioteca del barrio acompañada de Fräulein.
Parece mayor.
No tengo buen ojo para calcular edades, pero no me sorprendería que la señora Trencher fuese quince años mayor que su marido.
Cuando vuelvo a casa por la noche, Ethel sigue sentada en el taburete junto al fregadero, limpiando verduras.
Vamos juntos a la habitación de los niños.
Allí la luz es brillante.
Los niños han construido algo con una caja de naranjas, algo absurdo y ascendente, y su dulzura, el impulso que los mueve a construir, la brillantez de la luz se reflejan perfectamente —y se incrementan— en el rostro de Ethel.
Luego les da de cenar, los baña y prepara la mesa, y se queda un momento en medio de la habitación, tratando de establecer cierto vínculo entre la noche y el día.
Transcurre ese instante.
Enciende las cuatro velas y nos sentamos juntos a cenar.

Acerca del autor.
John Cheever (Quincy, Massachusetts, 27 de mayo de 1912- Ossining, Nueva York, 18 de junio de 1982) fue un autor de relatos y novelista estadounidense, frecuentemente llamado el “Chejov de los barrios residenciales”.

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