Disparos
ingleses desde abajo, desde arriba, desde los costados.
Y
es cuando la sección argentina tiene sus primeras bajas.
Y
al joven jefe argentino se le sumó la complejidad de los gritos del dolor del
herido.
"El
clamor del herido es tremendo por lo que representa y por el impacto en la
moral de la gente, sobre todo cuando no disponés de un equipo de camilleros.
En
una fracción de segundos hay que decidir a quien se atiende en el campo y a
quien evacuar, porque si no se lo evacúa puede morirse ahí mismo y generará una
disminución en la moral de combate en el resto de los soldados".
Uno de los
heridos graves era el soldado Miguel Ángel Canyaso.
"Tenía
un disparo que le entró x la frente le rodeó el cuero cabelludo y que le había
salido por la nuca, recuerdo que tenía la cabeza abierta como una flor.
Tenía
pulso -contó Centurión-.
“Le
doy la extremaunción, rezo un Padrenuestro y le hago la señal de la Cruz".
—Cargalo
y llevalo —le ordenó al Negro Aguilera.
—Está
muerto.
—¡Cargalo
y llevalo, que está vivo!
Es
muy peligroso cargar a una persona en combate, porque camina tres veces más
despacio y es un blanco móvil para cualquiera.
El
que está tirando del otro lado no ve si es una bolsa de munición o un
cuerpo", explicó Gómez Centurión.
Canyaso
sobrevivió y fue condecorado por Herido en Combate. Luego de una hora, quedaban
entre cuatro o cinco argentinos, que cubrían el repliegue de sus compañeros.
Y
es en ese momento cuando hirieron al Cabo Fernández.
Él
lo cuenta:
"Estaba
cubriendo a Juan José, que estaba más adelantado.
Cuando
comenzó el tiroteo, disparé.
Yo
hacía mucha práctica de tiro en el polígono, tenía la certeza de que no iba a
errar, y entonces bajé a dos ingleses.
En
ese momento, sentí como un fuego en la cadera y me empezaron a tirar de todos
lados.
Yo
apenas me cubría cuerpo a tierra detrás de un poste, y otro disparo me impactó
en mi pie.
En
el momento continué combatiendo, por la propia energía que uno tiene y por la
adrenalina.
"Algo
inexplicable me salvó la vida"
"Juan
José se acercó y trató de llevarme, pero no pudo arrastrarme.
Me
cubrió y me dijo que me iba a volver a buscar.
Me
colocaron dentro de un pozo y me quitaron el armamento para que los ingleses
vieran que no representaba un peligro.
Estuve
consciente hasta que vi pasar a un inglés agazapado.
De
pronto, Fernández hace un alto en relato.
Visiblemente
emocionado relató:
"En
ese momento algo me cubrió, es algo que nunca pude explicar; lo
único que sé es que era algo celeste y blanco, que me dijo que no me
preocupase, y no me acuerdo nada más.
Mis
compañeros me contaron que yo me quejaba.
Recobré
la conciencia en la salita de campaña.
Cuando
cayó el sol, comenzaron a plantearse ir a buscar al cabo Fernandéz.
Todos querían
rescatarlo.
En
la guerra se ve al ser humano en toda su dimensión:
Compartir
la última comida, compartir el último cigarrillo, hacer el trabajo riesgoso de
otro hasta los actos más grandes de miseria como el soldado enemigo que corta
un dedo para sacar un anillo…
Eso
te empieza a calibrar otra sintonía de la condición humana, reflexionó
Gómez Centurión.
Ignorábamos
la gravedad de su lesión -posteriormente supimos que tenía quebrada la cabeza
del fémur- y si precisaba un modelo de evacuación específico.
Pedí
voluntarios, aparecieron siete u ocho, elegí a los más corpulentos, el vasco
Aguerrebengoa y Carobbio.
Les
hice dejar el armamento para que ellos no se enfrentaran con nadie.
Porque
nosotros no éramos camilleros.
A
Fernández hubo que salir a buscarlo en la oscuridad de una noche completamente
cerrada.
Gómez
Centurión recordó:
"Fue
muy complejo, porque los ingleses nos abrían fuego exploratorio, hasta de un
helicóptero que transportaba heridos.
A
Fernández lo ubicamos luego de dos horas y media por sus gritos.
Cuando
lo quisimos mover, gritaba aún más.
El
vasco llegó a ponerle un pañuelo en la boca.
Y
así lo llevamos hasta las líneas propias.
Luego
de la rendición, Fernández recordó que una noche muy fría, que nevó, los
ingleses lo llevaron en helicóptero a San Carlos.
Lo
dejan en una especie de cueva junto a otros prisioneros.
Recuerda
a un inglés que le echaba whisky en sus heridas.
De
ahí fue al buque hospital Uganda, fue canjeado por ingleses heridos el día 5 de
junio y en el Bahía Paraíso lo llevaron a Puerto Madryn y a Bahía Blanca, donde
lo operaron.
…
El amigo que
tardó en irse
Cuando
fui a identificar los cadáveres de mis camaradas para sepultarlos en una fosa
común, identifiqué el de Estévez, especialmente por la forma en que se ataba
los borceguíes.
Cuando
los ingleses nos trasladaban al continente en el Norland, creía verlo al
teniente Estévez en la escalera del buque.
“Mucho
tiempo después asumí que había muerto".
Fernández, que
actualmente trabaja en una escuela, aseguró:
"La guerra
me enseñó a ser más humano, a ser buena persona a valorar lo que uno
hace".
Navarro dijo:
"La
guerra fortaleció mi vocación de soldado, me probé a mi mismo, ser soldado en
defensa de un objetivo patriótico, y vi eso en mis hombres.
Nadie
te prepara para las miserias de la guerra.
Podés
ser fuerte en carácter o en espíritu, pero la guerra cambia todo".
Gómez
Centurión, que fue condecorado con la Cruz La Nación Argentina al heroico valor
en combate, finaliza:
"El único
lugar donde la gente siente el cariño y no siente la hostilidad es en su
fracción.
Es
tal el vínculo con el camarada y tanta la sensación de protección, que el
domingo a la noche, cuando el veterano está en una situación límite por su vida
o por su familia, llama a su cabo o a su subteniente treinta años después.
“Ahí
estará alguien que lo va a proteger".

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