Jorge
Fernández Díaz
LA
NACION
"Sonríeme,
hermano",
le susurra al oído el pérfido emperador Lucio Aurelio Cómodo mientras lo abraza
y lo besa como Judas, y le clava un estilete dorado en la espalda.
Máximo
Décimo Meridio, héroe de las guerras contra las tribus germánicas y gladiador
popular, se encuentra a punto de salir a la arena del Coliseo para enfrentarse
precisamente a Cómodo, en el combate decisivo de su vida y ante la vista del
pueblo de Roma, pero resulta que ahora lleva bajo las corazas una herida
secreta, está sangrando y la lucha
será entonces desigual y más peligrosa que nunca.
Máximo
sale finalmente al ruedo disminuido y vulnerable…
Las
posibilidades de triunfar y sobrevivir son mínimas.
La
escena culmine es quizá ficcional, aunque está inspirada en el libro canónico
Historia Augusta y también en las peripecias de Espartaco, y fue escrita por el
guionista de Gladiador.
Mauricio
Macri recordó esa secuencia del film de Ridley Scott cuando un fallo supremo,
en las vísperas de salir a gobernar, lo obligó a fulminar el mecanismo de
retención de fondos a las provincias, aquel
truco genial del kirchnerismo para cacarear federalismo y
practicar desde Balcarce 50 un severo régimen unitario de control, premios y
castigos.
Evocando
aquel puntazo y aquel tambaleante derrotero del gladiador, el nuevo presidente
acató y amplió la decisión, y trató de hacer de esa necesidad una virtud
republicana, pero lo concreto es que a
partir de aquel momento su capacidad de poder acusó una herida mortal.
Limitado
por sus propios principios, Cambiemos aceptó otras desventajas:
Derogó la ley de
súper poderes y no quiso construir una Corte Suprema en sintonía con los
requerimientos de la emergencia.
Si
no se hubiera conducido así, admito que muchos de nosotros lo habríamos
criticado con dureza.
Lo
cierto es que fue como si a esa insidiosa herida bajo la coraza se le agregaran
un brazo atado atrás y una venda en los ojos, y como si Cómodo hubiera ordenado
soltar también a los leones.
Existen muy
pocos antecedentes en la historia occidental, y hace cien años que
prácticamente no se registra en la Argentina, el hecho increíble de que un
gobierno atraviese todo su período sin mayorías en ninguna de las dos cámaras
del Parlamento.
Fernando
Henrique Cardoso, cuando hace unos días le contaron el récord, no salía de su
asombro…
Le
parecía una hazaña gobernar en esas condiciones inclementes.
Aquella
escribanía de la "década ganada", que le aprobó el noventa por ciento
de sus proyectos a la arquitecta egipcia, se
sentó en estos cuatro años a impedir, o en todo caso, a vender muy cara su
tímida cooperación.
Cuando
el látigo no existe y la billetera es flaca, todo resulta cuesta arriba, en un
contexto político, sindical y empresarial acostumbrado a actuar por el temor o
por el oro, escasamente por el bronce.
No
dejemos afuera a algunos periodistas y presentadores, que libres del miedo
(Macri no asusta a nadie) y sin recompensa o pauta publicitaria, pasaron de
caniches a rottweilers.
Para no ser
malos fuimos estúpidos, podría decir un republicano medio.
Tal vez lo
fueron en un país donde imperan las mafias y los atajos.
El
populismo se transformó en sentido común y en una cultura natural y poli clasista;
el
movimiento justicialista generó su propia oligarquía e intenta ser consagrado
para siempre como el "partido único", y una facción antisistema opera
en modo boicot y busca el colapso del otro, a quien no le concede ni siquiera
la legitimidad constitucional.
Si
a eso le añadimos imperdonables errores propios de acción política y económica,
y mala fortuna, tendremos un cuadro completo.
Y podremos
pensar en profundidad si era posible administrar con purismo republicano una
nación corporativa, y corrompida por décadas de irrespeto a la ley y de
menguado amor por la normalidad democrática.
¿Se
puede ser un pacifista en un pabellón de asesinos múltiples?
Cuando
hace unos días Paul Krugman, venerable articulista, cuestionó públicamente la
estrategia económica y las sugerencias de madame Lagarde, lo hizo con el manual
y por derecha:
Habría que haber
aplicado una contracción fiscal aún más fuerte en la Argentina.
El
kirchnerismo utilizó la crítica al médico para fustigar al Gobierno, y ocultó
convenientemente la enfermedad de fondo y los remedios que proponía el
economista norteamericano.
Pero
más allá de esa picardía criolla, lo relevante es que el manual de Krugman no
prevé ni sospecha la inédita economía bi monetaria en la que nos desempeñamos,
ni los hábitos que aceptó una sociedad ganada por la lógica populista.
Ni mucho menos
la presencia activa del peronismo, sus corporaciones y sus adherentes
extrapartidarios y todopoderosos:
Ellos
forman la melaza espesa que impide navegar hacia un "país normal".
El oficialismo
perdió en las urnas por efectuar una contracción mucho más débil y menos
dolorosa de la que Krugman recetaría.
Y
el caso Portugal, postulado ahora por el kirchnerismo como un modelo de
"crecimiento sin ajuste", es una soberana mentira.
El
economista Eduardo Levy Yeyati dio la fórmula secreta del "milagro
portugués":
"Caída del
salario real, eliminación del aguinaldo, aumento de la jornada laboral,
emigración masiva a Europa, tres años de recesión".
Y
a pesar de todos esos esfuerzos, sin el Banco Central Europeo como garante y
colocada esa misma nación en América Latina, estaría hoy igualmente al borde
del abismo.
El
asunto conecta con la ocurrencia del ilustre Guillermo Calvo, pronunciada pocos
días antes de las primarias:
"Cristina
es lo mejor que le puede pasar el país…
“Va
a aplicar el ajuste con apoyo popular, culpando al gobernante previo".
Cierta
ortodoxia ama más la fortaleza que la república.
Es
por eso que en el siglo pasado se alió con el partido militar (creando el
"fascismo de mercado") y luego con el partido populista (creando el
menemismo). Pasión de los fuertes, y a los tibios que los vomite Wall Street.
La
pregunta, no obstante, es si efectivamente Cristina contrató a Alberto para que
realice esa proeza.
Porque
la deuda se puede reprogramar; lo difícil va a ser bajar los impuestos,
modificar las leyes laborales para hacernos competitivos, y poner en caja un
Estado estrafalario e inviable, generado
irresponsablemente por distintas capas de peronismo y llevado al cenit por los
kirchneristas,
que
tomaron más de un millón de empleados públicos,
que
ingresaron a más de dos millones de jubilados sin aportes,
que
crearon un sistema de contratos y delirantes subsidios permanentes,
y
desplegaron todo un esquema de clientelismo crónico.
Quizá
tenga razón Calvo y al peronismo le disculpen estos mismos recortes homéricos
(o aún peores) que ahora le impugnan al gato.
Porque
al final resultará imposible eludir los sacrificios de Portugal, compañeros.
Flota
cíclicamente en el aire la idea de que era fácil y de que los padecimientos
resultaban evitables.
También
que la Argentina genera la suficiente riqueza para vivir como pretende.
Todos esos mitos
facilistas del inconsciente argentino regresan, y aquí están
entre nosotros, de la mano de milagreros reencarnados, a quienes les tendrán,
eso sí, toda la paciencia del mundo.
Ya
se sabe:
Si
el peronismo te regala una casa, lo votás hasta la muerte…
Si
lo hace un republicano, le criticás
la estética de los pisos y militás para que pierda.
Los
peronistas digieren el sapo más repugnante con tal de que se los sirva un
peronista en bandeja de plata.
Ya
lo decía Máximo Décimo Meridio:
"No
nos ocurre nada que no estemos preparados para soportar"

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