"De Argentina para el mundo..."

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Lamentablemente, somos muchos los ciudadanos (no habitantes) quienes notamos que estamos y vamos mal…

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Caricatura de Alfredo Sabat

lunes, 19 de septiembre de 2016

A 61´ años de la gloriosa Revolución contra Perón.

¿Un gigante de cartón?

Por Nicolás Márquez

Una semana antes de que se consumara la Revolución Libertadora en el histórico septiembre de 1955´, el General Eduardo Lonardi, oficial retirado, sin mando de tropa, sin un programa previamente acordado con sus camaradas de armas (ni siquiera conocía en persona al Almirante Rojas) y sin coordinación alguna con los partidos políticos opositores osó viajar sin custodia en un micro de línea (acompañado de su mujer y su hijo) desde Buenos Aires a Córdoba con su uniforme militar doblado en un bolso de mano y una semana después, regresó a Buenos Aires como Presidente de la Nación.
Indudablemente, lo suyo fue una hazaña digna de quedar en los anales de la historia:
En ese lapso Lonardi tomó personalmente la Escuela de Artillería de Córdoba, tras ocho horas de desigual combate logró la rendición de la Escuela de Infantería,
luego se plantó quijotescamente frente al Ejército leal (que lo quintuplicaba en efectivos) hasta hacerlo hocicar, paralizó al hegemónico Congreso de la Nación,
neutralizó al movimiento sindical que días atrás había recibido la orden de del dictador Perón de matar “5 por 1”
y se mantuvo imperturbable ante el bombardeo informativo de los medios de comunicación, todos en manos del régimen.

O lo de Lonardi fue una verdadera epopeya o el desmoronamiento de Perón y de todas sus estructuras dependientes fueron al margen del arrojo de Lonardi.
Dicho de otro modo:
¿Fue Lonardi un súper-héroe o fue Perón un gigante de cartón?
Los súper-héroes no existen y en todo caso Lonardi obró inequívocamente como un héroe pero a su vez, Perón demostró que lo que verdaderamente tenía de gigante era su verba:
“¡Compañeros!: los jefes de esta asonada, hombres deshonestos y sin honor, han hecho como hacen todos los cobardes: en el momento abandonaron sus fuerzas y las dejaron libradas a su propia suerte.
Ninguno de ellos fue capaz de pelear y hacerse matar en su puesto.
Compañeros: nosotros, los soldados, sabemos que nuestro oficio es uno solo: morir por nuestro honor; y un militar que no sabe morir por su honor no es digno de ser militar, ¡ni de ser ciudadano argentino!” arengó el bocón el 29 de septiembre de 1951 tras la frustrada rebelión de Menéndez.
Pero cuatro años después él mismo escapaba sin morir, sin pelear, abandonando a los suyos y sin el menor gesto de honor.
“Si el pueblo no me necesita, como argentino me sentiré más seguro en la cárcel que en ninguna Embajada extranjera. Digo esto no para no atribuirme méritos, sino para hacer resaltar la diferencia que hay entre nosotros y estos opositores a la violeta, que cuando se resfrían se van a una Embajada como exiliados” disparó en 1952.
Pero en 1955 buscó desesperadamente escondite en la primera Embajada que le diera cabida: la del Paraguay comandada por su amigo el dictador Strossner.

Sin embargo, lo más curioso de todo este desenlace no son las mentiras y contradicciones en las que con insistencia y habitualidad recurría Perón, sino el hecho de que en septiembre de 1955 a él le sobraba estructura política y militar (la proporción entre leales y rebeldes era de 7 a 1) como para haber podido aplastar a la revolución si acaso hubiese tenido verdaderos dones de mando militar y hubiese contado con las suficientes agallas como para asumir la responsabilidad de liquidar a los rebeldes en Córdoba.
Vale decir: Sin quitarle el menor mérito a los jefes revolucionarios y a sus heroicos hombres (cono el Contra Almirante Isaac Rojas o el General Pedro Eugenio Aramburu), si la misma prepotencia discursiva con la que Perón se pavoneaba desde los balcones la hubiese portado y aplicado como militar y jefe de Estado, muy probablemente el dictador no hubiese terminado escapando tan deshonrosa y miserablemente.

“Mejor que decir es hacer” decía siempre Perón, aunque paradojalmente si analizamos sus dichos y sus hechos notamos que durante los momentos cruciales o decisivos de su trajinada vida política y militar su gallardía acabara siendo oral y en su actuar concreto no hiciera más que desdecirse y/o autodestruirse, obrando como un verdadero gigante con pies de barro o una suerte de Goliat [1] de las pampas.

Es too much!

Perón no sólo obró sin honor ni dignidad durante la Revolución Libertadora sino que tampoco contó con dichos atributos con posterioridad, es decir,  a la hora de reflexionar sobre lo sucedido.
En efecto, tras fugarse intentó ensayar de inmediato explicaciones acerca del porqué de su caída, y una de sus primeras ficciones, sostenida el 5 de octubre de 1955 (semana posterior a la Revolución) se la concedió a la agencia norteamericana United Press en donde manifestó que su destitución obedeció a la conspiración desatada por determinados nacionalistas locales que se opusieron a su política “entreguista” para con la petrolera norteamericana Standard Oil:
“Las causas son solamente políticas.
El móvil, la reacción oligarco-clerical para entronizar el conservadorismo caduco;
el medio, la fuerza medida por la ambición y el dinero.
El contrato petrolífero, un pretexto de los que trabajaban de ultranacionalistas sui generis”[2].
Es decir, el fugitivo alegaba haber caído por culpa de los chauvinistas que no entendieron su acuerdo bilateral con el capitalismo estadounidense.
Argumento raro el de Perón, teniendo en cuenta que posteriormente él mismo inventó que la causa de su caída fue paradojalmente consecuencia de una conspiración del capitalismo estadounidense:
“A nosotros no nos volteó el pueblo argentino: nos voltearon los yanquis; y quién sabe si hubiéramos tomado otras medidas: tal vez hubiese venido una invasión como la de Santo Domingo (…)
Todo fue orquestado por los Estados Unidos”[3].
Incluso, uno de sus delirios explicativos más intensos sobre esta última “tesis” la brindó Perón en el mes de noviembre de 1955 en Panamá, cuando se justificó ante la prensa diciendo que se fue de la Argentina para evitar una invasión norteamericana y de la “sinarquía internacional”:
-          P- General, si las fuerzas leales eran superiores a los insurgentes y además el pueblo estaba con Ud. y la CGT pidió armas para defender al gobierno ¿por qué no resistió?
– JDP: ¿qué resolvíamos con eso? La sinarquía internacional se nos iba a echar encima más ruidosamente, quizás nos iban a mandar marines (marinos norteamericanos), pudieron haber muerto un millón de argentinos.
¿Qué favor le haríamos al país?”[4].

¿En qué quedamos?.
¿Lo voltearon los nacionalistas por “cipayo” o lo voltearon los norteamericanos por “anti-imperialista”?
Las recurrentes ficciones de Perón no pasan la prueba de la risa, no sólo por sus insalvables contradicciones sino porque en esta última fantasía suya (la de pretender evitar una “invasión norteamericana”), es el propio dictador el que semanas antes de huir le acababa de entregar la explotación del petróleo en bandeja a los Estados Unidos, y luego alegaba haber desistido la lucha para evitar una inminente invasión estadounidense, la cual acudiría en apoyo de la Revolución Libertadora que fue justamente la que días después anuló los contratos petroleros con la Standard Oil norteamericana que solícitamente había firmado Perón!

Sin embargo, meses después, Perón intentó reformular sus risueñas e inconsistentes excusas y para tal fin elaboró un libro auto-justificativo titulado “La fuerza es el derecho de las bestias”, en el cual sostuvo entre otras cosas que él renunció a la presidencia para salvar la refinería de petróleo que amenazaba bombardear la Marina, puesto que para él esa fábrica le despertaba una especial ternura: “yo la consideraba como un hijo mío.
Yo había puesto el primer ladrillo” anotó sentimentalmente, siendo que además el bombardeo implicaría “la destrucción de 10 años de trabajo y la pérdida de 400 millones de dólares”[5].
¿O sea que el jefe militar de una revolución “anti-oligárquica” abandona a sus “descamisados” a merced de los “explotadores” para salvar la integridad de una simple refinería que al cederla iba a ser luego usufructuada no por “su pueblo” sino por los “explotadores oligarcas”?
Es decir, por un posterior gobierno “gorila” que por supuesto obraría al servicio del “imperialismo y las clases dominantes”.

Pero como estas estulticias justificativas no encajaban en ningún razonamiento que pretenda tomarse por serio, en ese mismo libro Perón tomó la precaución de completar su frágil explicación con un argumento un poco más elegante al sostener que en verdad se fue para “no derramar sangre” puesto que además él mismo se negó a armar a los obreros para defender su gobierno: “Influenciaba también mi espíritu la idea de una posible guerra civil de amplia destrucción, y recordaba el panorama de una pobre España devastada que presencié en 1939.
Muchos me aconsejaban abrir los arsenales y entregar las armas y municiones a los obreros, que estaban ansiosos de empuñarlas, pero hubiera representado una masacre, y probablemente la destrucción de medio Buenos Aires”[6].
¿O sea que el “macho”, el Primer Trabajador, el “Gran Conductor”, el General de la Nación y el Libertador de la Nueva Argentina tras haberle ordenado a su pueblo “dar la vida en su puesto de combate” y exhortarles “que caigan cinco de ellos por cada uno nuestro” ahora cedía ante la “oligarquía” bajo el argumento postrero de que no querer “derramar sangre” tras negarse otorgarles armar a los obreros que según él estaban “ansiosos de empuñarlas”?
Resulta muy curioso este último silogismo pacifista de Perón, puesto que en carta escrita y remitida en 1956 a John William Cooke, el propio Perón escribió exactamente todo lo contrario y encima culpó a sus colaboradores militares de no haberse animado a armar a los obreros:
“Tanto Lucero como Sosa Molina se opusieron terminantemente a que se le entregaran armas a los obreros, sus generales y sus jefes defeccionaron miserablemente, sino en la misma medida que la marina y la aviación, por lo menos en forma de darme la sensación que ellos preferían que vencieran los revolucionarios (sus camaradas) antes que el pueblo impusiera el orden que ellos eran incapaces de guardar e impotentes de establecer”[7].

Luego, en su citado libro, Perón argumenta lo mismo que anotó en la carta a Cooke, pero en esta ocasión no culpó a sus militares sino a sus Ministros:
“En los primeros días de septiembre (…)
Como un reaseguro, propuse a los Ministros movilizar parte del pueblo, de acuerdo con la ley, para la defensa de las instituciones; pero no encontré acogida favorable por consideraciones secundarias, referidas al efecto que una medida semejante podría ocasionar en los Comandos que, siendo leales, se sentirían objeto de una desconfianza injusta”[8] y en reportaje concedido el 12 de junio de 1956 se despacha contra ministros y militares por igual agregando: “Yo no acuso de traidores a mis Ministros, que fueron fieles, pero sí los acuso de haberme impedido usar al pueblo para la defensa, con el tonto concepto de que lo harían las fuerzas militares, que en la prueba demostraron que no valían nada o que no querían defender al pueblo. Ésa es la verdad, dura pero la verdad. Yo debía haberlos destituido, pero desgraciadamente ya era tarde”[9].

Es decir, siempre echándole la culpa a los demás y sin la menor autocrítica, Perón primero anotó que no quiso “derramar sangre” ni “armar a los obreros” y en declaraciones separadas culpó a sus generales y Ministros de no haber tenido éstos la voluntad de aplastar la rebelión ni de haberse animados a armar a los obreros.
Pero hay más chivos expiatorios usados por Perón para justificar su derrumbe.
En el colmo de la ingratitud, el “Primer Trabajador” en sus memorias grabadas, culpó a su “pueblo trabajador” no sólo de cobardía sino de haber facilitado su derrocamiento: “nuestro pueblo, que había recibido enormes ventajas y reivindicaciones contra la explotación de que había sido víctima desde hacía un siglo, debía haber tenido un mayor entusiasmo por defender lo que se le había dado.
Pero no lo defendió porque todos eran ´pancistas´…!
Pensaban con la panza y no con la cabeza y el corazón!…
Esta ingratitud me llevó a pensar que darles conquistas y reivindicaciones a un pueblo que no es capaz de defenderlas, es perder el tiempo…
Si no hubieran existido todas esas cosas que le dan asco a uno, yo hubiera defendido el asunto y…salgo con un regimiento, decido la situación y termina el problema…También me desilusionaron los gremios.
La huelga general estaba preparada y no salieron…
Entonces llegué a la conclusión de que el pueblo argentino merecía un castigo terrible por lo que había hecho”[10].

En otra ocasión, en una de las fantasías más ocurrentes que Perón haya esbozado para explicar su derrocamiento, se animó a sostener que él defeccionó porque sus propios militares de confianza pretendían matarlo:
“Si yo no me hubiera dado cuenta de la traición  y hubiera permanecido en Buenos Aires, ellos mismos me habrían asesinado, aunque solo fuera para hacer méritos con los vencedores (…) de muchos ya tengo opinión formada como traidores, como cobardes y como felones”[11].
Pero curiosamente años después (en 1970) expuso todo lo contrario:
“A mí las Fuerzas Armadas no me defeccionaron: sólo un pequeño sector de ellas.
Si yo hubiese resuelto resistir no tenía problemas”[12].

No contento con todo este cúmulo de insensateces, más adelante en el tiempo Perón le expuso a su biógrafo Pavón Pereyra que él se fue por culpa de una conspiración pergeñada por el Primer Ministro de Inglaterra Winston Churchill en un contubernio conformado por el judaísmo, la masonería y el Papa:
“Aquí es lícito hablar de factores supranacionales. Ya se sabe que el vaticanismo, la masonería y el sionismo aparecen simultáneamente unidos cada vez que se les disputan en las áreas nacionales el predominio del poder del espíritu, del poder político o del poder del dinero” agregando que “Nuestro error básico quizás haya consistido en no considerar a la lucha entablada contra el peronismo como un fragmento de la lucha secular con Inglaterra” resumiendo la componenda como una “vulgar estratagema churchilliana”[13]

De todas sus bromas explicativas, dejamos para el final la que consideramos más ficcionaria y es la que le brindó a Esteban Peicovich en reportaje concedido en Madrid en 1965, en donde la misma persona que se cansó de perseguir, torturar y encarcelar comunistas sostuvo que en 1955 cayó por falta de apoyo del comunismo internacional:
“Si en 1954 Rusia hubiere estado tan fuerte como después, yo hubiera sido el primer Fidel Castro de América Latina”[14].

¿Sintetizamos tamaño abarrotamiento de incongruentes mentiras para no marearnos tanto?
Tras excusarse de haber huido por culpa de los nacionalistas que lo voltearon como consecuencia de su acuerdo petrolero con el capitalismo estadounidense, Perón acusó luego a los Estados Unidos de haberlo derrocado (inminente invasión que iría en apoyo de los revolucionarios que derogaron el contrato petrolero que precisamente beneficiaba a los norteamericanos).
Posteriormente sostuvo que escapó en salvaguarda de su coqueta refinería, la cual al abandonarla dejaba en pleno usufructo a la “oligarquía”.
Seguidamente explicó su fuga inventando su pacífica pretensión de evitar derramar sangre al no querer armar a los obreros, pero luego culpó a sus generales de no haberlos armado, responsabilizó del mismo pecado a sus ministros y por último calificó de cobardía y pancismo a los mismísimos obreros por no haberse estos animados a empuñar armas en su defensa.

Pero todos estos divagues no le impidieron sostener a Perón en otra ocasión que a él lo volteó una conjura encabezada por el Primer Ministro inglés al encabezar una sórdida conspiración antiperonista conformada por el Vaticano, la masonería y el judaísmo.
Y en el medio de todo este grotesco galimatías también supo perorar conque en verdad ocurrió que sus militares de confianza pretendían matarlo, aunque posteriormente sostuvo que no, que los militares locales jamás lo traicionaron y finalmente, quien fuera un confesado militar mussolinista y perseguidor de comunistas nos ilustró sosteniendo que en puridad él cayó por no contar con el anhelado apoyo soviético, lamentable ausencia que le impidió convertirse en el primer presidente comunista del hemisferio.
¡Es “too much”!

¿Tanta pirueta verbal para intentar explicar sin éxito que el verdadero motivo de su fuga fue su cobardía?


Fragmento del libro “Perón, el fetiche de las masas. Biografía de un dictador” de Nicolás Márquez

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